{"id":12980,"date":"2025-05-25T07:40:14","date_gmt":"2025-05-25T07:40:14","guid":{"rendered":"https:\/\/latrespace.com\/la-amada-inmovil-de-nervo-prefacio-al-duelo-y-amor-eterno\/"},"modified":"2025-05-25T07:40:14","modified_gmt":"2025-05-25T07:40:14","slug":"la-amada-inmovil-de-nervo-prefacio-al-duelo-y-amor-eterno","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/latrespace.com\/es\/la-amada-inmovil-de-nervo-prefacio-al-duelo-y-amor-eterno\/","title":{"rendered":"La Amada Inm\u00f3vil de Nervo: Prefacio al Duelo y Amor Eterno"},"content":{"rendered":"<p><em>La amada inm\u00f3vil. Versos a una muerta<\/em> de Amado Nervo se presenta como una eleg\u00eda profunda nacida del crisol de un intenso dolor personal. Esta obra est\u00e1 precedida por un comentario profundamente conmovedor e intelectualmente rico del propio Nervo, que ofrece una visi\u00f3n inestimable sobre la g\u00e9nesis de los poemas y el estado de \u00e1nimo del autor tras la muerte de su amada compa\u00f1era, Ana Cecilia Luisa Daillez. Editada por Roc\u00edo Oviedo P\u00e9rez de Tudela, esta edici\u00f3n destaca la extensa intertextualidad tejida en las reflexiones de Nervo, revelando su compromiso con el periodismo cultural contempor\u00e1neo, el ocultismo y el pensamiento filos\u00f3fico sobre la muerte y la vida despu\u00e9s de la muerte, junto con referencias cl\u00e1sicas y religiosas.<\/p>\n<p>Oviedo P\u00e9rez de Tudela se\u00f1ala que los variados ep\u00edgrafes de Nervo, extra\u00eddos de m\u00e1s de ochenta autoridades que van desde Victor Hugo, Meister Eckhart y Paul Verlaine hasta poetas mexicanos y espa\u00f1oles, y particularmente figuras como Maeterlinck y W. T. Stead, subrayan el contexto erudito que Nervo quiso proporcionar a su duelo. Estas citas, a menudo m\u00e1s audaces en su exploraci\u00f3n de temas como el ocultismo, la transmigraci\u00f3n del alma e incluso el escepticismo que los propios versos de Nervo, trazan una trayectoria desde la desesperaci\u00f3n inicial hasta la aceptaci\u00f3n final, aunque angustiada. El uso que Nervo hace de estas fuentes es caracter\u00edstico del Modernismo: no se limita a imitar el pasado, sino que lo recrea, a veces mediante citas selectivas o traducciones poco convencionales. La &#8220;amada inm\u00f3vil&#8221;, inicialmente lastrada por la rigidez de la muerte, acaba transform\u00e1ndose, en los poemas finales, en algo tan et\u00e9reo y difuso como una luz celestial.<\/p>\n<h3>I<\/h3>\n<p>Pens\u00e9 que <em>Serenidad<\/em> ser\u00eda mi \u00faltimo libro de versos, y se lo manifest\u00e9 a un amigo. Esta afirmaci\u00f3n sell\u00f3 mi destino, porque la vida no gusta de que se le dicten los senderos, y lo arcano se burla de las intenciones humanas. As\u00ed, he vuelto a componer poes\u00edas. Un dolor nuevo, el m\u00e1s formidable de mi vida, las dict\u00f3, y sollozo a sollozo, l\u00e1grima a l\u00e1grima, vinieron a formar, por fin, el collar de obsidiana de estas rimas, que siguen cronol\u00f3gicamente a las de <em>Serenidad<\/em>.<\/p>\n<p>\u00a1Serenidad! Cre\u00ed que en la madurez de la vida alcanzar\u00eda aquella alta meseta desde la cual se dominan los sucesos, se ve pasar la caravana de las nimiedades y de las miserias terrestres, y se sonr\u00ede piadosamente &#8220;ante el Circo de las Civilizaciones&#8221;. Cre\u00ed que si hasta entonces mi vida hab\u00eda sido turbulenta e inquieta, el hondo deseo de ser sereno y la persistencia en manifestarlo me har\u00edan, por fin, verdaderamente sereno, permiti\u00e9ndome adquirir al cabo el don precios\u00edsimo que tanto he anhelado en el torbellino y la amargura de mis d\u00edas: la Ecuanimidad.<\/p>\n<p>Me deleitaba en el a\u00f1ejo s\u00edmil de la monta\u00f1a: arriba, las nieves, el cielo inmutable, sin l\u00edmites; abajo, las nubes, las borrascas, los ciclones, los torrentes enfurecidos, los \u00e1rboles desraizados&#8230;<\/p>\n<p><em>\u00a1Pobre superhombre!<\/em> La mano de Dios me derrib\u00f3, y en un instante el alma de Himalaya, albergada por el azul, no fue m\u00e1s que un pobre trapo sangriento, convulso y sollozante.<\/p>\n<p>Yo ten\u00eda un cari\u00f1o, uno solo, el adorno de mi soledad, el lenitivo de mi melancol\u00eda, la flor de mi modesta heredad, la dignidad de mi retiro, la dulce y santa l\u00e1mpara de mi tiniebla, y en pocos d\u00edas, ante mis ojos aterrados, ante mi amor pasmado, parti\u00f3 de mi vida, dej\u00e1ndome tan aturdido de realidad, que necesito oprimir mi cabeza entre mis manos febriles y apretarla como en un torno para convencerme de que es <em>cierto<\/em> lo que s\u00e9, lo que pienso, lo que me ocurre; que esto no es una macabra prestidigitaci\u00f3n, una desaparici\u00f3n espantosa, y que <em>en verdad<\/em> se ha desvanecido y vuelto fantasma todo lo que am\u00e9.<\/p>\n<h3>II<\/h3>\n<p><em>P\u00e1ginas escritas en los \u00faltimos d\u00edas de enero y primeros de febrero de 1912.<\/em><\/p>\n<p>Pronto har\u00e1 un mes, un mes solamente, y, sin embargo, en aquellos treinta d\u00edas, en aquellos treinta rel\u00e1mpagos, he llorado m\u00e1s l\u00e1grimas que estrellas visibles hay en la noche.<\/p>\n<p>Pronto har\u00e1 un mes, y en aquellos treinta rel\u00e1mpagos he acumulado tal cantidad de dolor que me parece se han dado cita todas mis pasadas tristezas y todas mis posibles tristezas futuras para invadir y colmar mi esp\u00edritu, de suerte que ni un solo hueco ha quedado sin ser llenado por la angustia.<\/p>\n<p>Pronto har\u00e1 un mes que a las doce y cuarto de la tarde se extingui\u00f3 suavemente Ana Cecilia Luisa Dailliez, mujer excepcional por su gracia, por su bondad, y por la persistencia extraordinaria de su ternura, a quien conoc\u00ed en Par\u00eds, en una noche en que mi alma estaba muy sola y muy triste, la noche del 31 de agosto de 1901, y con quien viv\u00ed desde entonces en el compa\u00f1erismo m\u00e1s cordial y m\u00e1s noble, hasta el 7 de enero de 1912, en que muri\u00f3 en mis brazos.<\/p>\n<p>Esta muerte ha sido la amputaci\u00f3n m\u00e1s dolorosa de m\u00ed mismo. Un hacha invisible me parti\u00f3 por medio el coraz\u00f3n. All\u00ed quedaron temblando, entre borbotones de sangre, las dos mitades de mi entra\u00f1a. Luego, una de ellas fue arrancada por el brazo omnipotente de la muerte, y la otra, la otra, \u00a1miserable!, sigui\u00f3 latiendo, latiendo&#8230; La aspereza tremenda del golpe no pudo apagar el ritmo vital&#8230; Sigui\u00f3 latiendo, s\u00ed, la entra\u00f1a triste, mutilada; sigui\u00f3 latiendo entre los co\u00e1gulos oscuros, y late todav\u00eda.<\/p>\n<p>Veinti\u00fan d\u00edas dur\u00f3 la enfermedad de Ana; veinti\u00fan d\u00edas fueron necesarios para que se me fuera metiendo a martillazos en la conciencia la convicci\u00f3n de que iba a morir. Esta convicci\u00f3n era tan desproporcionada con mis fuerzas, que todav\u00eda hoy, a pesar de todas las evidencias, me rebelo a veces contra ella, y entonces a mi soledad se suma el m\u00e1s impotente de los desconsuelos.<\/p>\n<p>El domingo, 17 de diciembre, volvi\u00f3 a casa ya herida por el terrible bacilo t\u00edfico la dulce y adorable compa\u00f1era de mi vida. El lunes empez\u00f3 a sentirse mal; el jueves, 21, se meti\u00f3 definitivamente en cama y empez\u00f3 su calvario, hasta el 3 de enero, en que, perdida la lucidez, se sumi\u00f3 tranquilamente, recost\u00e1ndose blanda sobre el almohad\u00f3n suave de la inconsciencia, en el insondable seno de la muerte.<\/p>\n<p>Yo la vel\u00e9 todas las noches, con excepci\u00f3n de algunos instantes de indispensable, aunque intranquilo descanso, que no habr\u00e1n sumado acaso diez horas en los veinti\u00fan d\u00edas. Mis d\u00edas se pasaban en la oscuridad de la rec\u00e1mara, al borde de la cama, observando su respiraci\u00f3n, esforzando los ojos para ver los suyos, apenas cerrados o apenas abiertos en la penumbra. Esta perenne y angustiosa vela no era interrumpida sino por un tormento indecible: el de tener que ir al caer la tarde a mis deberes, a despachar indefectiblemente los m\u00faltiples asuntos de mi responsabilidad.<\/p>\n<p>Como nuestro inmenso afecto no estaba sancionado por ninguna ley; como ning\u00fan sacerdote hab\u00eda rezado maquinalmente unas frases latinas uniendo nuestras manos; como ning\u00fan juez civil hab\u00eda canturreado unos art\u00edculos del C\u00f3digo, no ten\u00edamos derecho a amarnos a la luz del d\u00eda, y nos hab\u00edamos querido en el crep\u00fasculo de una edad y de una intimidad, tales, que casi nadie en el mundo conoc\u00eda nuestro secreto. Aparentemente, yo viv\u00eda solo, y muy raro debi\u00f3 ser el amigo cuya perspicacia adivin\u00f3, al visitarme, que, all\u00ed, a dos pasos de distancia, lat\u00eda para m\u00ed, s\u00f3lo para m\u00ed, el coraz\u00f3n m\u00e1s noble, m\u00e1s abnegado y m\u00e1s afectuoso de la tierra.<\/p>\n<p>Pocas veces, muy pocas, salimos juntos, evitando las arterias febriles de las metr\u00f3polis, donde mi relativa popularidad pod\u00eda depararme sorpresas. En cambio, en algunos viajes nos desquitamos con creces, y, del brazo, con las manos enlazadas en una ternura que ten\u00eda mucho de fraternal, nos abandon\u00e1bamos a aquel delicioso <em>fl\u00e2nerie<\/em> de Par\u00eds, de Londres, de Bruselas, buscando el gracioso <em>bibelot<\/em>, deteni\u00e9ndonos ante los escaparates deslumbrantes, refugi\u00e1ndonos en los rincones \u00edntimos y perfumados de los restaurantes, donde los gourmets de buena cepa, como nosotros, compens\u00e1bamos tantas acritudes de la vida&#8230;<\/p>\n<p>Pero aquel persistente secreto era tambi\u00e9n mi persistente tortura, y durante la enfermedad de mi Ana, esta tortura lleg\u00f3 a su m\u00e1ximum. A las tres de la tarde, a las tres y media lo m\u00e1s tarde, ten\u00eda yo que abandonar a mi idolatra enferma y partir. Eran d\u00edas de trabajo incesante. Ten\u00eda entre manos infinidad de asuntos diversos. Adem\u00e1s, llegaban visitantes a todas horas. Y mientras el amor de mis amores se retorc\u00eda febril en el lecho, yo, a tres kil\u00f3metros de mi casa, estaba haciendo sumas, multiplicaciones y divisiones, escribiendo notas, sonriendo a visitantes diversos, contestando consultas de todas clases, e inventando cada d\u00eda una mentira nueva para escabullirme a las invitaciones, para despistar la curiosidad de los \u00edntimos al acecho, para huir de su torturante compa\u00f1\u00eda, y para correr, volar por la muchedumbre atareada, por el d\u00e9dalo de los tranv\u00edas y de los autom\u00f3viles, a mi cuarto, subir la escalera con ansiedad de muerte, llamar directamente para que el brusco sonido de la campana no alarmara a mi \u00eddolo que sufr\u00eda, y preguntar con voz temblorosa a quien me abr\u00eda:<\/p>\n<p>\u00ab\u00bfC\u00f3mo sigue? \u00bfC\u00f3mo sigue?\u00bb<\/p>\n<p>Si es cierto que nuestra existencia es una expiaci\u00f3n de errores pasados, sabr\u00e1 Dios que yo expi\u00e9 muchas culpas de otras vidas, o de esta mi pobre vida incoherente y mediocre, en la cual no ha habido siquiera un pecado grande, porque su magnitud no rimaba con mi alma, a\u00fan tipo de evoluci\u00f3n intermedia.<\/p>\n<p>Por fin, un d\u00eda ya no fue posible disimular, y, a pesar de que mi peque\u00f1a enferma me dec\u00eda al o\u00eddo: \u00abNo le digas nada, <em>mon mignon<\/em>&#8230; \u00a1Para qu\u00e9!\u00bb, dej\u00e9 caer en manos de mi \u00absuperior inmediato\u00bb (los diplom\u00e1ticos, \u00a1ay!, no somos m\u00e1s que animales jer\u00e1rquicos), mi ingenuo secreto de tantos a\u00f1os, a fin de tener derecho a evadirme de la Canciller\u00eda apenas terminados los asuntos capitales, y a estar una hora antes al lado del alma de mi alma, \u00a1que se me mor\u00eda!<\/p>\n<h3>III<\/h3>\n<p>Una noche en que el sufrimiento de ella era muy intenso, y en que, abandonado, al parecer, de Dios y de los hombres, sollozaba yo al borde de la cama, mientras ella se retorc\u00eda de angustia, le dije, aprovechando la breve tregua de un desahogo: \u00abQuerida m\u00eda, \u00f3yeme: es preciso que quieras vivir. Haz una resoluci\u00f3n poderosa. Di: &#8220;\u00a1Quiero vivir, quiero vivir!&#8221;\u00bb (<em>Je veux vivre!<\/em>). Acaso me acord\u00e9 de la frase de Lord Bacon de Verulam, citada por Edgar Poe: \u00abEl hombre no se entrega a los \u00e1ngeles, ni tampoco a la muerte, sino por la debilidad de su propia voluntad.\u00bb<\/p>\n<p>Mi pobre amada me respondi\u00f3: \u00ab<em>Oui, mon mignon, oui<\/em>&#8230;\u00bb \u00a1Pero todo en vano! Dios le hab\u00eda hecho ya una se\u00f1al a la muerte, \u00a1y el ser m\u00e1s querido de mi existencia, el cari\u00f1o grande de m\u00e1s de diez a\u00f1os, se iba sumiendo, sumiendo sin remedio, en la eternidad!<\/p>\n<p>A tal punto hab\u00eda siempre despertado en m\u00ed p\u00e1nico la perspectiva de su muerte, que en estos dos decenios, yo, que a pesar de todo he seguido siendo espiritualista; yo, que, desprendido de f\u00f3rmulas y de recetas religiosas, he amado a Dios y a Cristo en <em>esp\u00edritu<\/em> y en <em>verdad<\/em>, casi no ten\u00eda otra oraci\u00f3n en el pensamiento que \u00e9sta, que se hab\u00eda convertido en una especie de jaculatoria: \u00ab\u00a1Se\u00f1or, haz que yo muera antes que ella!\u00bb<\/p>\n<p>Y la hab\u00eda repetido con tal fervor que estaba seguro de haber sido escuchado. As\u00ed, mi desorientaci\u00f3n, al acentuarse la gravedad, fue inmensa. M\u00e1s de tres veces se leen en el Evangelio estas palabras de Jes\u00fas: \u00abDe cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo conceder\u00e1.\u00bb Y cuando mi perpetua s\u00faplica sal\u00eda de mi coraz\u00f3n, cuidaba de a\u00f1adir: \u00abTe lo pido, Se\u00f1or, en nombre de Cristo, el cual nos dijo: &#8220;Todo cuanto pidiereis al Padre, etc.&#8221;\u00bb<\/p>\n<p>En los \u00faltimos d\u00edas, mi oraci\u00f3n se iba tornando imperativa. \u00a1Cre\u00eda tener derecho a ser escuchado! Se trataba de la promesa del ser m\u00e1s puro, m\u00e1s luminoso y m\u00e1s grande que hab\u00eda pisado la tierra. Se trataba de la dignidad divina. Dios no pod\u00eda faltar a la palabra del esp\u00edritu que m\u00e1s le hab\u00eda amado y m\u00e1s se le hab\u00eda acercado a trav\u00e9s de los siglos: \u00abDe cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre, en mi nombre, os ser\u00e1 concedido.\u00bb<\/p>\n<p>\u00a1Y no fue as\u00ed!<\/p>\n<p>Nadie ha rezado con m\u00e1s fervor que yo, y acaso nadie, en diez a\u00f1os, ha recordado con tanta energ\u00eda al Causa de las causas la promesa del Hijo del Hombre.<\/p>\n<p>En la \u00faltima noche de mi Anita, mi jaculatoria y la exigencia de la promesa que llevaba en s\u00ed, fueron de una exasperaci\u00f3n ruda, violenta. Enfrent\u00e9 salvajemente a lo Desconocido y le exig\u00ed que honrase el compromiso de Cristo.<\/p>\n<p>Uno de los m\u00e9dicos de cabecera, llamado violentamente hacia las ocho, me hab\u00eda dicho: <em>C&#8217;est fini<\/em>, y luego: \u00abPero luchemos al d\u00eda la muerte. Manteng\u00e1mosla ocho o diez horas artificialmente viva, para ver si la naturaleza las aprovecha, intenta un nuevo esfuerzo, y la salva. S\u00f3lo \u2014hab\u00eda agregado\u2014 no abrigue esperanzas&#8230; Est\u00e1n tan lejanas, tan lejanas&#8230;\u00bb<\/p>\n<p>Acept\u00e9; \u00a1qu\u00e9 otra cosa pod\u00eda hacer! Sab\u00eda, adem\u00e1s, que las inyecciones no la har\u00edan sufrir, merced a su bendita inconsciencia de tres d\u00edas.<\/p>\n<p>\u00a1Y se le inyect\u00f3 aceite alcanforado, cafe\u00edna, no s\u00e9 qu\u00e9! Y se le dio caf\u00e9 negro con esencia de canela y de clavo, y se la galvaniz\u00f3 de tal suerte, que, habiendo debido morir a las nueve de la noche, a juzgar por su postraci\u00f3n, muri\u00f3 al d\u00eda siguiente, a las doce y cuarto de la tarde. Y durante aquellas horas, en que a cada inyecci\u00f3n segu\u00eda una moment\u00e1nea resurrecci\u00f3n, como las del horrible cuento de Poe, yo, atrozmente zarandeado entre la desesperaci\u00f3n y la esperanza, clam\u00e9 sin cesar de alma a alma, de la m\u00eda miserable y mezquina al alma eterna de Dios:<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1Se\u00f1or, te lo ruego en nombre de Cristo, que nos dijo: De cierto, de cierto, todo cuanto pidiereis al Padre, en mi nombre, os ser\u00e1 concedido!\u00bb<\/p>\n<h3>IV<\/h3>\n<p>Tres o cuatro d\u00edas antes de enfermar, mi amada tuvo un presentimiento, cosa rara en su car\u00e1cter. \u00abEsta tarde \u2014me dijo\u2014, al volver a casa, se me ha ocurrido de pronto se\u00f1alarte una cosa. Si me muero, en el tercer caj\u00f3n de mi c\u00f3moda, en una cajita circular, est\u00e1 la llave de mi <em>secr\u00e9taire<\/em>, en el cual est\u00e1n mis papeles. No s\u00e9 por qu\u00e9 se me ha ocurrido esto, y he pensado: \u00a1Mira, y si se lo dijera a Amado!\u00bb<\/p>\n<p>Yo sent\u00ed una oleada de hielo en el coraz\u00f3n&#8230; pero, no queriendo dar cuerpo a su idea, respond\u00ed: \u00abYo tambi\u00e9n te recuerdo que en tal mueble, en el caj\u00f3n que t\u00fa sabes, est\u00e1 mi testamento.\u00bb Como de costumbre, al aludir yo a mi muerte, ella exclam\u00f3 excitada: \u00abPor Dios, no hablemos de esto.\u00bb<\/p>\n<p><em>Y no se habl\u00f3 m\u00e1s en aquel d\u00eda.<\/em><\/p>\n<p>Pero, a pesar de la oleada de hielo de mis entra\u00f1as, cre\u00ed que nada ten\u00eda que temer, que no pod\u00eda morir despu\u00e9s el hombre que hab\u00eda perpetuamente rezado por que se le concediese la muerte antes. Y las palabras m\u00e1gicas, la promesa de Jes\u00fas, invadieron mi alma con su certeza consoladora:<\/p>\n<p>\u00abDe cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre, en mi nombre, os ser\u00e1 concedido.\u00bb<\/p>\n<hr \/>\n<p>\u00bfLa inutilidad de la oraci\u00f3n? S\u00ed, \u00a1la inutilidad de la oraci\u00f3n! \u00a1Oh! Almas que cre\u00e9is todav\u00eda, como <em>a\u00fan<\/em> cree mi alma: la oraci\u00f3n es nula e indica una concepci\u00f3n pueril, ofensiva hasta, del eterno principio que nos rige.<\/p>\n<p>\u00bfPara qu\u00e9? Aquella inteligencia infinitamente l\u00facida, previsora, l\u00f3gica, para la cual no hay limitaci\u00f3n de espacio y de tiempo, la cual empeque\u00f1ecemos al darle un nombre siquiera; aquel ser sin medida, que ha ordenado, con fines conocidos por \u00c9l solamente, a todos los universos, \u00bftorcer\u00e1 sus designios porque un pobre esp\u00edritu turbado de hijo, de esposo o de padre le pida que los tuerza?<\/p>\n<p>El coraz\u00f3n nace con una potencialidad determinada de latir, y no dar\u00e1 una s\u00edstole m\u00e1s de los millones que constituyen su rendimiento vital, aunque le vert\u00e1is todas vuestras l\u00e1grimas y profir\u00e1is todas vuestras oraciones.<\/p>\n<p>Lo que ha de suceder, suceder\u00e1, y bien est\u00e1 que suceda as\u00ed. Los designios de Dios se revelan en los hechos inevitables, y todo lo inevitable es bueno. \u00abUn hecho tan universal como la muerte debe ser un gran beneficio\u00bb, dec\u00eda Schiller. La \u00fanica oraci\u00f3n posible, por lo tanto, es la que nos ense\u00f1\u00f3 Jes\u00fas desde la monta\u00f1a, en una tarde misteriosa de hace siglos: \u00ab\u00a1H\u00e1gase tu voluntad, as\u00ed en la tierra como en el cielo!\u00bb<\/p>\n<p>S\u00ed, la petici\u00f3n es in\u00fatil; pero la oraci\u00f3n no lo es. El alma humana ha de elevarse a una contemplaci\u00f3n serena y constante de lo Arcano. La vida por excelencia es la del hombre cuyas actividades diarias se emplean en el bien y cuya mente superior, pico espiritual, est\u00e1 en perfecto contacto con lo invisible. Hay que orar, s\u00ed, para reunirse con lo Increado; pero es preciso no pedir favores de los que Jes\u00fas nos dijo que se nos dar\u00edan como cosa a\u00f1adida.<\/p>\n<p>Es preciso orar, s\u00ed, porque, por remota que supongamos a la inteligencia creadora, es inteligencia, es alma de la misma esencia que la nuestra, y el impulso y el pensamiento de un alma llegar\u00e1n siempre hasta otra alma. No hay distancia a trav\u00e9s de la cual dos almas no puedan tender un puente. Tend\u00e1moslo por medio de la contemplaci\u00f3n, entre nosotros y Dios; pero no pidamos jam\u00e1s nada. Nuestro destino es tan inflexible como la mano que nos lleva a trav\u00e9s del abismo.<\/p>\n<h3>V<\/h3>\n<p>Nuestro destino es inflexible, s\u00ed, y su inflexibilidad es la se\u00f1al por excelencia de su divinidad. Un destino torcido, poligonal, que se retorciese a cada paso por nuestras oraciones, ser\u00eda indigno de nuestra reverencia y merecedor de nuestro desprecio. Dios no puede tener piedad, porque esto implicar\u00eda una regresi\u00f3n en la voluntad increada, algo as\u00ed como una rectificaci\u00f3n, como un arrepentimiento.<\/p>\n<p>Todo esto lo concibe mi l\u00f3gica&#8230; y, sin embargo, noche a noche, con el alma llena de angustia agitada, de desconsuelo sin medida que me corroe los huesos, le pido a Dios que me restituya a mi Ana.<\/p>\n<p>\u00bfBajo qu\u00e9 forma puede restitu\u00edrmela? M\u00e1s de dos mil a\u00f1os han pasado desde que Jes\u00fas le dijo a L\u00e1zaro: \u00abSal fuera\u00bb, y exclam\u00f3 de la hija de Jairo: \u00abNo ha muerto, duerme.\u00bb<\/p>\n<p>S\u00f3lo hay dos formas de restituci\u00f3n: o ella viene a m\u00ed espiritualmente, o yo voy a ella por el camino grande, por el camino real de la muerte. En cuanto al primer modo, centenares de miles de hombres afirman conversar con los muertos, penetrar en el plano astral donde \u00e9stos viven, verlos y seguirlos en sus evoluciones.<\/p>\n<p>Los muertos, seg\u00fan ellos, nos rodean. No est\u00e1n ausentes, sino invisibles, como dijo Hugo&#8230; Pero nosotros, a menos de haber desarrollado aquel sexto sentido de la visi\u00f3n subconsciente, de la evidencia, no podemos verlos&#8230; Quiz\u00e1, como dice Maeterlinck, \u00abellos contin\u00faan viviendo alrededor de nosotros; pero no consiguen, a pesar de sus esfuerzos, hacerse reconocer ni darnos una idea de su presencia, <em>porque no tenemos el \u00f3rgano necesario para percibirlos<\/em>&#8230;\u00bb S\u00f3lo los muertos pueden ver a los muertos&#8230;<\/p>\n<p>Seg\u00fan William T. Stead, entre los muertos hay tanto escepticismo acerca de la posibilidad de comunicarse con los vivos, como entre los vivos acerca de la posibilidad de comunicarse con los muertos. Comprenden, unos y otros, que un mar de misterio se extiende entre ellos&#8230;<\/p>\n<p>S\u00f3lo que los centenares de miles de hombres de que habl\u00e9 antes afirman haber cruzado ese mar en una nave m\u00e1gica que se llama clarividencia, visi\u00f3n astral, y con unos enigm\u00e1ticos timoneles que se llaman m\u00e9diums o adeptos. El propio Stead exclama: \u00abHe visto, y por lo tanto creo. He visto a mi hijo materializarse ante mis ojos&#8230;\u00bb Y el eminente Leadbeater, bas\u00e1ndose en experimentos personales, nos asegura que la muerte no existe.<\/p>\n<p>Ahora bien; a m\u00ed me ha sido negada hasta hoy toda clarividencia. Lo que centenares de miles de hombres afirman haber visto, no lo he visto yo jam\u00e1s. Y, sin embargo, aunque soy peque\u00f1o entre los peque\u00f1os, aunque constituyo un tipo de evoluci\u00f3n media, debe ser dif\u00edcil encontrar en el mundo un hombre que haya llamado con m\u00e1s ferocidad a la puerta de acero del misterio, que se alza imponente en la monta\u00f1a, en medio de la noche. El llamador resuena en la oscuridad, con sonidos terror\u00edficos: \u00a1pero nadie me responde!<\/p>\n<p>Todos los anhelos de mi vida han volado hacia lo arcano. Habr\u00e9 sido vicioso, mediocre, malo&#8230;; pero en mi esp\u00edritu ha habido siempre un aleteo, un latir ansioso hacia lo Desconocido. Siempre he cre\u00eddo en Dios, no en el Dios antropomorfo de las religiones, sino en la causa de las causas, incomprensible, y seguramente por esa fe, que si ha sufrido eclipses, porque no soy sino un hombre, han sido eclipses moment\u00e1neos, merecer\u00eda yo quiz\u00e1 que ahora, que he perdido el \u00fanico bien que ten\u00eda en la vida, se abriese la pupila interior que todos tenemos en germen \u00a1y mirase al fin el m\u00e1s all\u00e1, el <em>borderland<\/em> de los ingleses, el plano supraf\u00edsico donde <em>vive mi muerta<\/em>, mi muerta adorada, una vida m\u00e1s amplia que la m\u00eda, que acaso aletea en torno m\u00edo, con la angustia de que no perciba yo ni sus palabras de consuelo ni sus besos divinos, impalpables!<\/p>\n<p>\u00abExtra\u00f1o espect\u00e1culo \u2014dice \u201cJulia\u201d en sus <em>Letters<\/em>\u2014 Desde vuestro lado, almas llenas de angustia por los muertos; desde el <em>nuestro<\/em>, almas llenas de tristeza porque no consiguen comunicarse con aquellos a quienes aman&#8230; \u00bfQu\u00e9 podr\u00edamos hacer para unir a esas gentes tristes, agobiadas por el dolor?\u00bb<\/p>\n<p>En cierta ocasi\u00f3n ella me dijo: \u00abAnoche he so\u00f1ado que yo estaba muerta y t\u00fa llorabas inconsolable cerca de mi cad\u00e1ver. Pero yo segu\u00eda viviendo, estaba a tu lado y te dec\u00eda: &#8220;\u00a1No llores! Aqu\u00ed estoy. M\u00edrame&#8230;&#8221; S\u00f3lo que t\u00fa no me mirabas y segu\u00edas llorando.\u00bb<\/p>\n<p>\u00bfSer\u00e1 \u00e9sta, Dios m\u00edo, la maravillosa realidad presente? \u00bfFue cierto su sue\u00f1o? \u00bfEst\u00e1 ella a mi lado y no la veo, porque mi pupila interior se niega inexorablemente a abrirse?<\/p>\n<p>\u00a1Muerta m\u00eda, muerta m\u00eda, \u00bfno tendr\u00e9, pues, otro veh\u00edculo para comunicarme contigo, que mi propio cuerpo, que se agita convulso por mis sollozos?! \u00a1Ven, ve con mis ojos la soledad infinitamente p\u00e1ramo de mi vida! Prueba con mi boca lo salado de mis l\u00e1grimas. Haz bien con mis pobres manos que se crispan o tiemblan en la oscuridad. Camina con mis pies, en pos de todas las desdichas, para socorrerlas; conm\u00faevete con mi coraz\u00f3n de todas las penas humanas; haz de mi vida una continuaci\u00f3n de la tuya&#8230; Mi esp\u00edritu no te impedir\u00e1 que infundas el tuyo en mi cerebro. \u00bfNo eres acaso <em>m\u00e1s yo que yo mismo<\/em>? \u00a1As\u00ed realizaremos el sue\u00f1o de dos almas en un solo cuerpo! Dice Swedenborg en su tratado de las Delicias de la Sabidur\u00eda Ang\u00e9lica acerca del Amor Conyugal: \u00abY he aqu\u00ed que en aquel instante apareci\u00f3 un carro que descend\u00eda del cielo alt\u00edsimo o tercero; en aquel carro se vio un \u00e1ngel; pero al aproximarse, se vio que eran dos&#8230;\u00bb<\/p>\n<hr \/>\n<p>Mas hablemos del segundo modo de que ella me sea restituida, que es el de ir a buscarla, por el camino real de la muerte.<\/p>\n<p>Cuando yac\u00eda en su ata\u00fad negro, rodeada de cirios, cubierta de flores, ostentando aquella prodigiosa sonrisa de serenidad con que sonr\u00eden algunos muertos, sent\u00ed, y he sentido desde entonces con gran vehemencia, el deseo de matarme, al cual llaman los portugueses con tanta exactitud &#8220;<em>a vontade da morrer<\/em>&#8220;&#8230;<\/p>\n<p>Remy de Gourmont, en su libro deliciosamente esc\u00e9ptico, <em>Una noche en el Luxemburgo<\/em>, pone imp\u00edamente en boca de Cristo esta defensa del suicidio: \u00abEl suicidio es un monstruo que debemos acostumbrarnos a mirar con calma. Comparado con ciertos males f\u00edsicos, con ciertos dolores, con ciertas desgracias, bien pronto se nos mostrar\u00eda como un amigo muy feo, pero muy cordial. \u00bfNo merece acaso los m\u00e1s dulces nombres? \u00bfNo es el consolador? \u00bfNo es la manumisi\u00f3n?\u00bb<\/p>\n<p>Dentro de m\u00ed, <em>alguien<\/em> defend\u00eda tambi\u00e9n el acto aniquilador en t\u00e9rminos semejantes; pero&#8230; \u00a1tuve miedo! Miedo de que, como afirman tantas lecturas, mi voluntaria destrucci\u00f3n me separase para siempre del objeto adorado, en cuya busca precisamente quer\u00eda ir.<\/p>\n<p>Varias veces acarici\u00e9 la <em>cacha<\/em> de mi browning, verdadero juguete, hecho en B\u00e9lgica, que podr\u00eda disparar autom\u00e1ticamente en mi sien seis balas blindadas, como seis llaves para abrir las puertas del <em>au-del\u00e0<\/em>&#8230; Pero tuve espanto, no la vulgar aprensi\u00f3n de la muerte, sino el horror de una ausencia m\u00e1s terrible a\u00fan, infligida como castigo, al lado de la cual este rel\u00e1mpago, esta ilusi\u00f3n, esta fantasmagor\u00eda de la vida, detr\u00e1s de la cual me espera Ana, acaso, con sus brazos invisibles y amorosos abiertos de par en par, \u00a1nada significa!<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1Infeliz! \u2014exclam\u00f3 la <em>Spirite<\/em> de Te\u00f3filo Gautier, estrechando a Guido, que iba a suicidarse, <em>contra su coraz\u00f3n de fantasma<\/em>\u2014. \u00a1No hagas eso! \u00a1No te mates por unirte a m\u00ed! Tu muerte as\u00ed provocada, nos separar\u00eda sin esperanza, y abrir\u00eda entre nosotros abismos que millones de a\u00f1os no bastar\u00edan para cruzar! \u00a1Vuelve en ti! Soporta la vida, la cual, por larga que sea, no dura m\u00e1s que la ca\u00edda de un grano de arena&#8230; Para soportar el tiempo, piensa en la eternidad, en la cual podremos amarnos para siempre.\u00bb<\/p>\n<p>Y as\u00ed, inveteradas ideas espiritualistas, que anclaron en mi alma desde la ni\u00f1ez, ahondadas por tantas lecturas, han impedido mi muerte; merced a ellas&#8230; \u00a1no puedo vivir ni morir!<\/p>\n<h3>VI<\/h3>\n<p>El tormento, sin embargo, de esta mutilaci\u00f3n, de esta brutal cirug\u00eda de la muerte, no consiste para m\u00ed, precisamente, en la separaci\u00f3n, en el dolor atroz que acarrea; consiste, sobre todo, en una idea irreductible, fatal, que me pesa en el coraz\u00f3n y me oprime el alma sin misericordia: la idea de que la vida, en cuyos brazos no somos m\u00e1s que miserables briznas de hierba, ha de recobrar necesariamente su poder y ha de traerme necesariamente el olvido. Esta idea me es tan intolerable, que me hace desear fervientemente, apasionadamente, la muerte. En las cartas de p\u00e9same, en las palabras consoladoras de los amigos, se encuentra a cada paso esta horrible idea, hija de la experiencia milenaria de los hombres: \u00abTe resignar\u00e1s. Olvidar\u00e1s. Te calmar\u00e1s. Es inevitable. Nadie escapa a aquel Leteo&#8230; \u00a1Nadie! \u00a1Nadie!\u00bb El dolor sigue las mismas leyes r\u00edtmicas que el movimiento, y como un p\u00e9ndulo cuya oscilaci\u00f3n disminuye en amplitud, la excitaci\u00f3n de la angustia se calma y se muda en una especie de apat\u00eda, seg\u00fan ense\u00f1a la metaf\u00edsica.<\/p>\n<p>Y se me desangran las entra\u00f1as al o\u00edrlos y al leerlos, y experimento una angustia inefable, porque yo tambi\u00e9n s\u00e9 que, sin remedio, me he de consolar; que ni aun yo, un alma mediocre, mesocr\u00e1tica, peque\u00f1uela, puedo aspirar al privilegio de llorar, mientras viva, a mi muerta&#8230; \u00a1a no ser que viva poco! M\u00e1s odiosa me es esta fatalidad del consuelo, que la fatalidad de la tortura, porque el dolor ennoblece (<em>La douleur c&#8217;est la noblesse unique<\/em>) y el consuelo, la alegr\u00eda, son villanos. En los brazos invisibles de aquel gigante que parece sombr\u00edo y es luminoso: el dolor, me he sentido un poco dignificado. Desde que mi Ana cay\u00f3 tronchada por la fiebre, he crecido. Mi estatura moral ha ganado algunos cent\u00edmetros. \u00bfY habr\u00e9 de empeque\u00f1ecer de nuevo? \u00bfHabr\u00e9 de sonre\u00edr de nuevo y proferir frases sonoras en las triviales asambleas de los hombres? \u00bfHabr\u00e1n de absorberme de nuevo los menesteres burocr\u00e1ticos? \u00bfTendr\u00e9 que ponerme y quitarme la levita para inclinarme y repartir sonrisas en los salones mundanos? \u00bfY el freno que he puesto a mi deseo, al irresistible impulso de la vida, habr\u00e1 de romperse? \u00bfY tendr\u00e9 que buscar a la hembra? \u2014\u00a1yo que tuve a mi lado a la mujer casi perfecta, llena de digna amabilidad y de graciosa altivez; a la mujer sol\u00edcita, que me envolv\u00eda, me penetraba, me saturaba de su ternura!&#8230;<\/p>\n<p>\u00a1Oh, tengan piedad de mi situaci\u00f3n los que por la amargura de estos pensamientos hayan pasado con su alma delicada! El hado nos dice: \u00abPobre criatura; ni siquiera se te concede la ocasi\u00f3n de sufrir perpetuamente; \u00a1ni siquiera eres capaz de llorar una vida entera! \u00a1Sufrir <em>siempre<\/em> requiere almas escogidas! La tuya no es de su temple. Quiero que vivas, aunque t\u00fa no lo quieras. Ese es asunto m\u00edo. \u00a1Qu\u00e9 me importan tus ideolog\u00edas! \u00bfNo eres carne? Pues bien, come, r\u00ede, busca a la <em>hembra placentera<\/em>&#8230; y llora a veces, s\u00ed, pero por otras cosas. \u00bfQue esas cosas ser\u00e1n menos nobles que la que ahora te penetra y te domina? \u00a1Y qu\u00e9 me importa! No es humano detenerse en excelencias espirituales como las que t\u00fa sue\u00f1as&#8230; Has de descender, has de descender a las capas inferiores a que te arrastra tu densidad espiritual.<\/p>\n<p>\u00a1Ah, yo so\u00f1\u00e9 que mi Ana me acompa\u00f1ar\u00eda a la vejez. Pens\u00e9 que, en un futuro indefinido, uno de los dos (yo, probablemente) partir\u00eda primero, pero dici\u00e9ndole al otro: \u00abMira, debo tomar el tren en esta estaci\u00f3n, para el destino com\u00fan, para la ciudad serena, a donde vamos&#8230; T\u00fa seguir\u00e1s un poco m\u00e1s, solo, hasta la estaci\u00f3n pr\u00f3xima, y all\u00ed tomar\u00e1s el tren a tu vez, y nos encontraremos en la ciudad pronto. \u00a1All\u00ed te espero!\u00bb<\/p>\n<p>Pero que se vaya as\u00ed, en la flor de la juventud, y me deje a m\u00ed, a los cuarenta y un a\u00f1os, solo, en una estaci\u00f3n, acaso muy lejos de donde debo emprender el viaje definitivo&#8230;<\/p>\n<p>A menos&#8230; S\u00ed; a menos que la misericordia de Dios brille por fin sobre mi cabeza, y el Hado le haga otra se\u00f1al a la muerte&#8230;<\/p>\n<p>\u00a1Oh, amigo, que acaso leas estas divagantes, desconectadas y tristes p\u00e1ginas! \u00a1Ojal\u00e1 que, al leerlas, sepas ya que mi deseo fue cumplido!<\/p>\n<p>\u00a1Ojal\u00e1 que, lleno de generosa simpat\u00eda para m\u00ed, exclames: \u00a1La muerte no fue inexorable con \u00e9l! Desde la estaci\u00f3n en que qued\u00f3 solo a aquella en que hab\u00eda de tomar el tren para la Ciudad Serena, la distancia era corta. \u00a1Pero \u00e9l no lo sab\u00eda! Su amada s\u00ed, y por eso sonre\u00eda en el ata\u00fad con aquella sonrisa que daba paz!<\/p>\n<p>No quiso Dios que en mi vida, resultante de un <em>Karma<\/em> mediocre, hubiese grandes noblezas. Ni el poco bien que intent\u00e9, me ha sido dado realizar. Pero \u00bfqui\u00e9n me dice que, ante la humildad de mi ruego, la sombra no tendr\u00e1 orejas? \u00bfQui\u00e9n me dice que la suprema e inmerecida concesi\u00f3n que ans\u00edo, no alegrar\u00e1 mis huesos? \u00bfQui\u00e9n me dice, en fin, que no partir\u00e9, joven a\u00fan, en busca de mi alma gemela, antes de que ella ascienda a planos en que el aire espiritual, enrarecido para m\u00ed, no me permita respirar?<\/p>\n<p>Entre los versos de <em>Serenidad<\/em> hay unos que dicen:<\/p>\n<pre><code>No te apartes de m\u00ed lado,\nmu\u00e9rete t\u00fa cuando yo muera.\n\u00a1D\u00e9jame que te lleve, pues te traje!\nFuiste noble\ncompa\u00f1era de viaje.\nQue rimen nuestros destinos\npor todos los caminos\nque hemos de pisar\nen la inmensidad de lo arcano,\ny vamos por la muerte de la mano,\ncomo fuimos por la vida: \u00a1sin temor!<\/code><\/pre>\n<p>Estos versos le gustaban inmensamente. Repet\u00eda varias veces los \u00faltimos, y vibra a\u00fan en mis o\u00eddos el metal de su acento, cuando insist\u00eda en el final: \u00a1<em>sin temor<\/em>!<\/p>\n<p>No soy sino la cuerda pulsada por manos desconocidas.<\/p>\n<p>Yo no compongo mis versos: \u00a1los escribo solamente!<\/p>\n<p>Yo soy la mano que traza los renglones. <em>El esp\u00edritu sopla donde quiere<\/em>. <em>Ego sum vox clamantis in deserto.<\/em><\/p>\n<p>Entonces&#8230; hay esperanza: \u00a1la de que he tenido raz\u00f3n!<\/p>\n<p>\u00a1Oh, Dios, en Quien creo y a Quien amo sobre todas las cosas: conc\u00e9deme esa suprema ventura de morir ahora! En la otra ribera hay una mano amante, extendida, esperando la m\u00eda para el viaje divino. \u00a1No dilates la uni\u00f3n de las dos! Dale a mis versos el prestigio de una profec\u00eda hecha por los \u00e1ngeles.<\/p>\n<pre><code>Y vamos por la muerte de la mano,\ncomo fuimos por la vida: \u00a1sin temor!<\/code><\/pre>\n<p>Y si, como afirman los te\u00f3logos, la muerte no es sino un incidente peri\u00f3dico en una existencia sin fin, de la mano iremos por las vidas sucesivas: de la mano por las vidas y por las muertes.<\/p>\n<h3>VII<\/h3>\n<p>Pero si, lector, por el contrario, al leer estas notas sabes que yo existo, tenme piedad. En alguna metr\u00f3poli envejezco, prendido a los engranajes de la vida diaria; he formado lazos, acaso&#8230; tengo deberes, acaso tediosos; y entretanto, mi pobre desaparecida se hunde, se hunde en los abismos del infinito: sola navega por los negros oc\u00e9anos del devenir, se aleja, de cielo en cielo, hacia riberas tan remotas que nuestra mente se fatiga con s\u00f3lo pensarlas.<\/p>\n<p><em>Les morts font de longs voyages<\/em>&#8230;<\/p>\n<p>Tenme piedad, porque Dios no me quiso o\u00edr, y no he merecido de Su misericordia aquella serena dignidad de la muerte. Caer\u00e9, pero despu\u00e9s, profanado por las babas del mundo, abrumado por esfuerzos triviales de los que hora a hora reclama la lucha por la existencia.<\/p>\n<p>Quiz\u00e1 \u2014\u00a1oh, suprema verg\u00fcenza!\u2014, como el presidiario que acaba por amar su apestoso camastro de paja y la h\u00fameda lobregidad de su celda, habr\u00e9 acabado por amar ego\u00edsticamente la vida, y tosiendo y claudicando, me agarrar\u00e9, sin embargo, al horror y a la vulgaridad de mis d\u00edas.<\/p>\n<p>\u00a1Oh! Bien merezco, cierto, este crep\u00fasculo&#8230; \u00a1pero ahora no quiero preverlo! \u00a1Ilusi\u00f3n, nodriza de las almas, no me abandones! D\u00e9jame creer que soy amado por los dioses, y que en la plenitud de mi virilidad, rendir\u00e9 mi esp\u00edritu y volar\u00e9 libre junto al alma que me espera <em>beyond the gates<\/em>!<\/p>\n<p>Cada noche, al sentir la blanda invasi\u00f3n del sue\u00f1o, me digo: \u00abQuiz\u00e1 no despierte.\u00bb Y me deleito en cruzar las manos sobre el pecho, en aquella actitud definitiva del descanso&#8230; \u00a1que tanto anhelo! Y en las ma\u00f1anas el alba que se cuela, con su intolerable tinte azulado, por las hendijas, me produce una desesperaci\u00f3n insondable. \u00c9sta es la hora m\u00e1s terrible de las veinticuatro, que a diario me traspasan el coraz\u00f3n, como otras tantas pu\u00f1aladas. La angustia de vivir se me sube a la garganta, y me produce una n\u00e1usea invencible.<\/p>\n<p>Afuera, el invierno, de excepcional crudeza, sacude los \u00e1rboles, el viento ruge, la lluvia azota los cristales; nubes bajas, abombadas, de un plomo cobrizo, pasan atormentadas y tr\u00e1gicas.<\/p>\n<p>Y yo, haciendo acopio de reservas de voluntad, realizo penosamente el previo esfuerzo de vivir, y con el gesto resignado del enfermo que se aviene a tomarse la poci\u00f3n nauseabunda, empiezo a tragarme el turbio contenido de la copa de la existencia.<\/p>\n<p>Pero no blasfemo: acepto. Lo inevitable es la \u00fanica certeza que tenemos de la voluntad de Dios.<\/p>\n<p>\u00abTodo y todos me adoran \u2014dice el Eterno en un di\u00e1logo de Renan\u2014, por la resignaci\u00f3n que ponen en soportar la vida para fines conocidos por m\u00ed solamente.\u00bb<\/p>\n<p>Y nada, ni aun la espantosa mutilaci\u00f3n que he sufrido, puede arrancar de m\u00ed mi fe en Cristo. Me ha partido en dos el coraz\u00f3n, pero en la mitad sangrante y tr\u00e9mula que me queda, \u00a1hay a\u00fan suficiente amor para bendecir a Jes\u00fas!<\/p>\n<h3>VIII<\/h3>\n<p>Sobre el m\u00e1rmol de su c\u00f3moda, sigue el sombrero, tal como ella lo dej\u00f3 el \u00faltimo d\u00eda que sali\u00f3, al volver a casa. Sus pieles y su blusa negra, colgadas de la percha donde sus manos las pusieron, con aquella meticulosidad que le era caracter\u00edstica y que la hac\u00eda la <em>m\u00e9nag\u00e8re<\/em> por excelencia, tienen a\u00fan su aroma a mujer limpia, su aroma que yo aspir\u00e9 durante m\u00e1s de diez a\u00f1os. Las dem\u00e1s prendas de su ajuar cuelgan lacias en el armario. Por todas partes me salen al encuentro sus huellas. La cama vac\u00eda se me aparece inmensa:<\/p>\n<pre><code>La mitad de la cama estar\u00e1 sola para m\u00ed,\ny me faltar\u00e1 la mitad del alma.<\/code><\/pre>\n<p>Con frecuencia pongo una silla al borde del lecho, junto al sitio en que ella expir\u00f3, y en la penumbra de la alcoba evoco una vida entera: la noche de Par\u00eds en que la conoc\u00ed, el 31 de agosto de 1901. Buscaba yo a una muchacha del Barrio Latino, con quien me permit\u00eda matar el tiempo, el cual, por entonces, a ra\u00edz de grandes contrariedades, no ten\u00eda para m\u00ed sino aburrimientos. La muchacha no lleg\u00f3 a la cita y, en cambio, la mano misteriosa que teje los destinos, nos puso a Ana y a m\u00ed frente a frente. Ella paseaba con una hermana y, seg\u00fan supe despu\u00e9s, hab\u00eda salido aquella noche impulsada por un aburrimiento tan grande como el m\u00edo. Ten\u00eda tambi\u00e9n dolores, y su hermana, sol\u00edcita, angustiada al verla llorar en el rinc\u00f3n de su cuarto, la instaba a salir: \u00ab<em>Si tu restes<\/em> \u2014le dec\u00eda\u2014, <em>tu deviendras folle<\/em>.\u00bb Se dej\u00f3 persuadir&#8230; Lo arcano iba a arrojarla en mis brazos.<\/p>\n<p>Un minuto m\u00e1s, un minuto menos, y no nos habr\u00edamos encontrado. Pero estaba escrito.<\/p>\n<p>Nuestra simpat\u00eda fue inmediata; mas, a pesar de ella, la peque\u00f1a alma ingenua y miedosa resist\u00eda a entregarse. La vida hab\u00eda sido dura con ella y ten\u00eda miedo.<\/p>\n<p>\u00abYo no soy mujer para un d\u00eda \u2014dijo en\u00e9rgicamente, pero sonriendo.\u00bb<\/p>\n<p>\u00ab\u00bfPara cu\u00e1nto, entonces?\u00bb \u2014pregunt\u00e9, mitad en broma, mitad ansioso.<\/p>\n<p>\u00abPara toda la vida.\u00bb<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1Bien!\u00bb<\/p>\n<p>Y cuando al fin (despu\u00e9s de deliciosos d\u00edas en que la persistencia del amor, sin llegar a la posesi\u00f3n, la promet\u00eda ya serenamente) se entreg\u00f3 sin reservas al hombre a quien empezaba a conocer y a estimar, repetimos: \u00ab\u00a1Para toda la vida!\u00bb Y para toda la vida fue&#8230; desde aquella noche bendita del est\u00edo de 1901, hasta esta p\u00e1lida ma\u00f1ana del invierno de 1912 en que su hipo moribundo reson\u00f3 como un sonido espantoso en mi coraz\u00f3n.<\/p>\n<p>M\u00e1s de diez a\u00f1os de un amor confiado, lleno de abandono. M\u00e1s de diez a\u00f1os de esa cosa deliciosa y divina que se llama cari\u00f1o, y que resume todas las cordialidades, todas las intimidades, todas las certezas de la vida.<\/p>\n<p>Par\u00eds, Londres, Nueva York, M\u00e9xico, Bruselas, Roma, Venecia, Florencia&#8230; Medio mundo nos vio juntos. \u00a1A qu\u00e9 lugar ir\u00e9 ahora en que no encuentre su fantasma! \u00a1En qu\u00e9 sitio no ver\u00e9 su huella bendita! \u00a1Qu\u00e9 paisaje no me la reconstruir\u00e1!<\/p>\n<p>Adonde quiera que mi destino sombr\u00edo me empuje, he de abrir los brazos para estrechar contra mi coraz\u00f3n su espectro adorado, y no abrazar\u00e9 sino mi angustia&#8230; mi angustia y la trenza de sus cabellos casta\u00f1os, impregnada del sudor de su agon\u00eda, que es lo \u00fanico material que me queda de la compa\u00f1era \u00fanica de mi vida, la que me am\u00f3 pobre y triste, enfermo y olvidado; la que me ofreci\u00f3 siempre generosamente la cordialidad de sus brazos, la certeza de su apoyo, la lucidez de su instinto; a quien debo la orientaci\u00f3n de mi existencia y el no haber ca\u00eddo definitivamente tantas veces en los escollos del camino.<\/p>\n<p>\u00a1Ah, Se\u00f1or!, c\u00f3mo no creer en Ti, cuando vemos disolverse todo esto en la negrura incomprensible de la muerte. Un instinto invencible nos obliga a asir con mano crispada la promesa de Jes\u00fas: \u00abYo soy la resurrecci\u00f3n y la vida: el que cree en m\u00ed, aunque muera, vivir\u00e1.\u00bb Es imposible que nos enga\u00f1e este instinto. La Naturaleza no ha atormentado nuestra alma con sed de inmortalidad, para convertirnos despu\u00e9s en inexplicables T\u00e1ntalos en un infinito hipot\u00e9tico (<em>natura nihil facit frustra<\/em>). Este amor, esta avidez de lo absoluto, tan contraria a las exigencias materiales; esta atracci\u00f3n invencible que lo arcano ejerce sobre nuestros esp\u00edritus; este af\u00e1n sin medida de persistir, son indicio seguro de la eternidad.<\/p>\n<p>Creo en Ti, Se\u00f1or; creo que los vivos y los muertos est\u00e1n, en un mismo sentido, en Tus brazos. <em>En Ti vivimos, y nos movemos, y somos<\/em>. La muerte, como tantas veces lo repet\u00ed a mi amada, no es sino una ilusi\u00f3n. \u00a1La muerte no existe! \u00a1Lo proclamo con energ\u00eda, a pesar de mi aparente soledad, a pesar de mi inefable angustia! Mi pobre alma est\u00e1 encerrada en esta fortaleza del cuerpo. Es una princesa triste, recluida en una torre impenetrable, con cinco ventanitas miserables (los cinco sentidos) para adivinar el inmenso mundo de afuera. A veces le parece o\u00edr algo como el rumor de un mar que, con rumores de rasgada seda, late contra los pies de su fortaleza&#8230; A veces cree haber visto pasar seres alados que baten majestuosamente su plumaje de nieve; a veces oye murmullos armoniosos de palabras, fragmentos de m\u00fasica&#8230; Se alargar\u00e1 ansiosa sobre las puntas de los pies por ver los horizontes que adivina&#8230; \u00a1Pero las cinco ventanitas est\u00e1n muy altas, muy estrechas!<\/p>\n<p>Mi alma, la prisionera infinita, sabe que <em>hay m\u00e1s cosas en el cielo y en la tierra que las que sue\u00f1a vuestra filosof\u00eda<\/em>; sabe que los amados muertos, que, al desplomarse su castillo de carne, adquirieron el privilegio del vuelo, luchan por acercarse a ella, la solicitan, la esperan; pero sabe tambi\u00e9n que el castillo es hoy por hoy inexpugnable, que la armadura de carne es invencible&#8230;, que s\u00f3lo a veces, cuando duerme, esa muerte peri\u00f3dica del sue\u00f1o abre las puertas de la prisi\u00f3n; pero que al despertar se encuentra de nuevo cautiva y no puede recordar sino con una enigm\u00e1tica vaguedad sus conversaciones con las otras almas&#8230;<\/p>\n<p>Todo esto lo sabe, s\u00ed, y se resigna a la ley de Dios, el cual un d\u00eda desmoronar\u00e1 piadosamente la dolorosa arquitectura de sus huesos. Su indestructible convicci\u00f3n le dice que amores como el amor que a ella le fue dado, son <em>m\u00e1s poderosos que la muerte<\/em>, y llena de unci\u00f3n exclama:<\/p>\n<p>\u00ab\u00a1Oh, muerte, \u00bfd\u00f3nde est\u00e1 tu aguij\u00f3n?! \u00a1Oh, sepulcro, \u00bfd\u00f3nde est\u00e1 tu victoria?!\u00bb<\/p>\n<p>M\u00e1s a\u00fan: un razonamiento piadoso le arguye para consolarla: \u00abCuando viv\u00edas con ella, cada instante te separaba, porque te acercaba al d\u00eda temido de su muerte; ahora que se ha ido, cada instante que pasa, te acerca, porque es un instante menos de vida y por lo tanto de ausencia, porque abrevia el tiempo despu\u00e9s del cual tu alma, que se exhalar\u00e1 de tus labios sin color, y su alma, que te espera en la ribera, se fundir\u00e1n salvajemente en un beso divino de amor!\u00bb<\/p>\n<hr \/>\n<p>As\u00ed, lector, t\u00fa que esperabas hallar, acaso, en este libro, como en el anterior, la atm\u00f3sfera del c\u00e9lebre cuadro de Henri Martin, llamado <em>S\u00e9r\u00e9nit\u00e9<\/em>, aquella atm\u00f3sfera llena de crepuscular fulgor, de augusta tranquilidad, y aquella asamblea de los seres m\u00e1s nobles, en un bosque saturado de paz, no te encuentras sino con un sollozo nuevo del afligido poeta de las <em>M\u00edsticas<\/em> y de los <em>Jardines interiores<\/em>.<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/latrespace.com\/wp-content\/uploads\/2025\/05\/2530890f-ea1a-41b8-a863-6ea1de2205bc1.webp\" alt=\"Pintura &#039;S\u00e9r\u00e9nit\u00e9&#039; (1899) de Henri Martin en el Mus\u00e9e d&#039;Orsay, que simboliza la paz que Amado Nervo busc\u00f3 pero encontr\u00f3 reemplazada por la resignaci\u00f3n en La Amada Inm\u00f3vil.\" width=\"482\" height=\"324\" \/><em class=\"cap-ai\">Pintura &#039;S\u00e9r\u00e9nit\u00e9&#039; (1899) de Henri Martin en el Mus\u00e9e d&#039;Orsay, que simboliza la paz que Amado Nervo busc\u00f3 pero encontr\u00f3 reemplazada por la resignaci\u00f3n en La Amada Inm\u00f3vil.<\/em>Mus\u00e9e d&#8217;Orsay. <em>Serenit\u00e9<\/em>, 1899<\/p>\n<p>\u00a1<em>Serenidad<\/em>! \u00bfLa merec\u00ed acaso? Es el privilegio de esp\u00edritus incomparablemente superiores al m\u00edo. Mi serenidad, en este libro, se llama <em>Resignaci\u00f3n<\/em>.<\/p>\n<p>Perd\u00f3name, t\u00fa que me lees. Pude haber suprimido la intimidad de tan sombr\u00edo prefacio; pero sent\u00ed que estas p\u00e1ginas se las deb\u00eda a mi Muerta. Aqu\u00ed, donde las escribo, apenas hace dos meses, le le\u00eda yo a\u00fan mis versos&#8230;<\/p>\n<p>S\u00f3lo me resta decir a mi Ana lo que pens\u00e9 al besarle la frente (tan fr\u00eda que se le helaba el pelo) en el momento supremo en que iban a cerrarle el ata\u00fad:<\/p>\n<p>Gracias, mi idolatra, desde lo hondo de mi alma, por los diez a\u00f1os de amor que me diste. \u00a1Dios te bendiga!<\/p>\n<p>Y t\u00fa, lector, si crees en las promesas de Jes\u00fas y has llegado a estas l\u00edneas, reza por Ana Cecilia Luisa Dailliez, por la cual escribo con amor este libro. \u00a1Reza por ella y Dios te bendiga a ti tambi\u00e9n!<\/p>\n<p>Amado Nervo<br \/>\nFebrero de 1912, Madrid<\/p>\n<p><strong>Referencias:<\/strong><\/p>\n<p>Nervo, Amado. <em>La amada inm\u00f3vil. Versos a una muerta<\/em>. Editado por Roc\u00edo Oviedo P\u00e9rez de Tudela. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. (Fuente original). (Otros autores citados mencionados en el texto incluyen Virgilio, Maeterlinck, Lacordaire, Meleagro, Saadi, Le\u00f3n Denis, Paul Verlaine, G. Leroux, Lao-Ts\u00e9, Hebbel, Malherbe, W. James, W. T. Stead, Leadbeater, &#8220;Julia&#8221; (Letters), Swedenborg, Remy de Gourmont, Th\u00e9ophile Gautier, Renan, Henri Martin).<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La amada inm\u00f3vil. Versos a una muerta de Amado Nervo se presenta como una eleg\u00eda profunda nacida del crisol de &#8230; <a title=\"La Amada Inm\u00f3vil de Nervo: Prefacio al Duelo y Amor Eterno\" class=\"read-more\" href=\"https:\/\/latrespace.com\/es\/la-amada-inmovil-de-nervo-prefacio-al-duelo-y-amor-eterno\/\" aria-label=\"Leer m\u00e1s sobre La Amada Inm\u00f3vil de Nervo: Prefacio al Duelo y Amor Eterno\"> <\/a><\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":9143,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"footnotes":""},"categories":[47],"tags":[],"class_list":["post-12980","post","type-post","status-publish","format-standard","has-post-thumbnail","hentry","category-poemas","generate-columns","tablet-grid-50","mobile-grid-100","grid-parent","grid-25"],"lang":"es","translations":{"es":12980,"en":9142,"fr":12381,"de":13097},"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/latrespace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12980","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/latrespace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/latrespace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latrespace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latrespace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=12980"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/latrespace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12980\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/latrespace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/9143"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/latrespace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=12980"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/latrespace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=12980"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/latrespace.com\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=12980"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}