La Amada Inmóvil de Nervo: Prefacio al Duelo y Amor Eterno

La amada inmóvil. Versos a una muerta de Amado Nervo se presenta como una elegía profunda nacida del crisol de un intenso dolor personal. Esta obra está precedida por un comentario profundamente conmovedor e intelectualmente rico del propio Nervo, que ofrece una visión inestimable sobre la génesis de los poemas y el estado de ánimo del autor tras la muerte de su amada compañera, Ana Cecilia Luisa Daillez. Editada por Rocío Oviedo Pérez de Tudela, esta edición destaca la extensa intertextualidad tejida en las reflexiones de Nervo, revelando su compromiso con el periodismo cultural contemporáneo, el ocultismo y el pensamiento filosófico sobre la muerte y la vida después de la muerte, junto con referencias clásicas y religiosas.

Oviedo Pérez de Tudela señala que los variados epígrafes de Nervo, extraídos de más de ochenta autoridades que van desde Victor Hugo, Meister Eckhart y Paul Verlaine hasta poetas mexicanos y españoles, y particularmente figuras como Maeterlinck y W. T. Stead, subrayan el contexto erudito que Nervo quiso proporcionar a su duelo. Estas citas, a menudo más audaces en su exploración de temas como el ocultismo, la transmigración del alma e incluso el escepticismo que los propios versos de Nervo, trazan una trayectoria desde la desesperación inicial hasta la aceptación final, aunque angustiada. El uso que Nervo hace de estas fuentes es característico del Modernismo: no se limita a imitar el pasado, sino que lo recrea, a veces mediante citas selectivas o traducciones poco convencionales. La “amada inmóvil”, inicialmente lastrada por la rigidez de la muerte, acaba transformándose, en los poemas finales, en algo tan etéreo y difuso como una luz celestial.

I

Pensé que Serenidad sería mi último libro de versos, y se lo manifesté a un amigo. Esta afirmación selló mi destino, porque la vida no gusta de que se le dicten los senderos, y lo arcano se burla de las intenciones humanas. Así, he vuelto a componer poesías. Un dolor nuevo, el más formidable de mi vida, las dictó, y sollozo a sollozo, lágrima a lágrima, vinieron a formar, por fin, el collar de obsidiana de estas rimas, que siguen cronológicamente a las de Serenidad.

¡Serenidad! Creí que en la madurez de la vida alcanzaría aquella alta meseta desde la cual se dominan los sucesos, se ve pasar la caravana de las nimiedades y de las miserias terrestres, y se sonríe piadosamente “ante el Circo de las Civilizaciones”. Creí que si hasta entonces mi vida había sido turbulenta e inquieta, el hondo deseo de ser sereno y la persistencia en manifestarlo me harían, por fin, verdaderamente sereno, permitiéndome adquirir al cabo el don preciosísimo que tanto he anhelado en el torbellino y la amargura de mis días: la Ecuanimidad.

Me deleitaba en el añejo símil de la montaña: arriba, las nieves, el cielo inmutable, sin límites; abajo, las nubes, las borrascas, los ciclones, los torrentes enfurecidos, los árboles desraizados…

¡Pobre superhombre! La mano de Dios me derribó, y en un instante el alma de Himalaya, albergada por el azul, no fue más que un pobre trapo sangriento, convulso y sollozante.

Yo tenía un cariño, uno solo, el adorno de mi soledad, el lenitivo de mi melancolía, la flor de mi modesta heredad, la dignidad de mi retiro, la dulce y santa lámpara de mi tiniebla, y en pocos días, ante mis ojos aterrados, ante mi amor pasmado, partió de mi vida, dejándome tan aturdido de realidad, que necesito oprimir mi cabeza entre mis manos febriles y apretarla como en un torno para convencerme de que es cierto lo que sé, lo que pienso, lo que me ocurre; que esto no es una macabra prestidigitación, una desaparición espantosa, y que en verdad se ha desvanecido y vuelto fantasma todo lo que amé.

II

Páginas escritas en los últimos días de enero y primeros de febrero de 1912.

Pronto hará un mes, un mes solamente, y, sin embargo, en aquellos treinta días, en aquellos treinta relámpagos, he llorado más lágrimas que estrellas visibles hay en la noche.

Pronto hará un mes, y en aquellos treinta relámpagos he acumulado tal cantidad de dolor que me parece se han dado cita todas mis pasadas tristezas y todas mis posibles tristezas futuras para invadir y colmar mi espíritu, de suerte que ni un solo hueco ha quedado sin ser llenado por la angustia.

Pronto hará un mes que a las doce y cuarto de la tarde se extinguió suavemente Ana Cecilia Luisa Dailliez, mujer excepcional por su gracia, por su bondad, y por la persistencia extraordinaria de su ternura, a quien conocí en París, en una noche en que mi alma estaba muy sola y muy triste, la noche del 31 de agosto de 1901, y con quien viví desde entonces en el compañerismo más cordial y más noble, hasta el 7 de enero de 1912, en que murió en mis brazos.

Esta muerte ha sido la amputación más dolorosa de mí mismo. Un hacha invisible me partió por medio el corazón. Allí quedaron temblando, entre borbotones de sangre, las dos mitades de mi entraña. Luego, una de ellas fue arrancada por el brazo omnipotente de la muerte, y la otra, la otra, ¡miserable!, siguió latiendo, latiendo… La aspereza tremenda del golpe no pudo apagar el ritmo vital… Siguió latiendo, sí, la entraña triste, mutilada; siguió latiendo entre los coágulos oscuros, y late todavía.

Veintiún días duró la enfermedad de Ana; veintiún días fueron necesarios para que se me fuera metiendo a martillazos en la conciencia la convicción de que iba a morir. Esta convicción era tan desproporcionada con mis fuerzas, que todavía hoy, a pesar de todas las evidencias, me rebelo a veces contra ella, y entonces a mi soledad se suma el más impotente de los desconsuelos.

El domingo, 17 de diciembre, volvió a casa ya herida por el terrible bacilo tífico la dulce y adorable compañera de mi vida. El lunes empezó a sentirse mal; el jueves, 21, se metió definitivamente en cama y empezó su calvario, hasta el 3 de enero, en que, perdida la lucidez, se sumió tranquilamente, recostándose blanda sobre el almohadón suave de la inconsciencia, en el insondable seno de la muerte.

Yo la velé todas las noches, con excepción de algunos instantes de indispensable, aunque intranquilo descanso, que no habrán sumado acaso diez horas en los veintiún días. Mis días se pasaban en la oscuridad de la recámara, al borde de la cama, observando su respiración, esforzando los ojos para ver los suyos, apenas cerrados o apenas abiertos en la penumbra. Esta perenne y angustiosa vela no era interrumpida sino por un tormento indecible: el de tener que ir al caer la tarde a mis deberes, a despachar indefectiblemente los múltiples asuntos de mi responsabilidad.

Como nuestro inmenso afecto no estaba sancionado por ninguna ley; como ningún sacerdote había rezado maquinalmente unas frases latinas uniendo nuestras manos; como ningún juez civil había canturreado unos artículos del Código, no teníamos derecho a amarnos a la luz del día, y nos habíamos querido en el crepúsculo de una edad y de una intimidad, tales, que casi nadie en el mundo conocía nuestro secreto. Aparentemente, yo vivía solo, y muy raro debió ser el amigo cuya perspicacia adivinó, al visitarme, que, allí, a dos pasos de distancia, latía para mí, sólo para mí, el corazón más noble, más abnegado y más afectuoso de la tierra.

Pocas veces, muy pocas, salimos juntos, evitando las arterias febriles de las metrópolis, donde mi relativa popularidad podía depararme sorpresas. En cambio, en algunos viajes nos desquitamos con creces, y, del brazo, con las manos enlazadas en una ternura que tenía mucho de fraternal, nos abandonábamos a aquel delicioso flânerie de París, de Londres, de Bruselas, buscando el gracioso bibelot, deteniéndonos ante los escaparates deslumbrantes, refugiándonos en los rincones íntimos y perfumados de los restaurantes, donde los gourmets de buena cepa, como nosotros, compensábamos tantas acritudes de la vida…

Pero aquel persistente secreto era también mi persistente tortura, y durante la enfermedad de mi Ana, esta tortura llegó a su máximum. A las tres de la tarde, a las tres y media lo más tarde, tenía yo que abandonar a mi idolatra enferma y partir. Eran días de trabajo incesante. Tenía entre manos infinidad de asuntos diversos. Además, llegaban visitantes a todas horas. Y mientras el amor de mis amores se retorcía febril en el lecho, yo, a tres kilómetros de mi casa, estaba haciendo sumas, multiplicaciones y divisiones, escribiendo notas, sonriendo a visitantes diversos, contestando consultas de todas clases, e inventando cada día una mentira nueva para escabullirme a las invitaciones, para despistar la curiosidad de los íntimos al acecho, para huir de su torturante compañía, y para correr, volar por la muchedumbre atareada, por el dédalo de los tranvías y de los automóviles, a mi cuarto, subir la escalera con ansiedad de muerte, llamar directamente para que el brusco sonido de la campana no alarmara a mi ídolo que sufría, y preguntar con voz temblorosa a quien me abría:

«¿Cómo sigue? ¿Cómo sigue?»

Si es cierto que nuestra existencia es una expiación de errores pasados, sabrá Dios que yo expié muchas culpas de otras vidas, o de esta mi pobre vida incoherente y mediocre, en la cual no ha habido siquiera un pecado grande, porque su magnitud no rimaba con mi alma, aún tipo de evolución intermedia.

Por fin, un día ya no fue posible disimular, y, a pesar de que mi pequeña enferma me decía al oído: «No le digas nada, mon mignon… ¡Para qué!», dejé caer en manos de mi «superior inmediato» (los diplomáticos, ¡ay!, no somos más que animales jerárquicos), mi ingenuo secreto de tantos años, a fin de tener derecho a evadirme de la Cancillería apenas terminados los asuntos capitales, y a estar una hora antes al lado del alma de mi alma, ¡que se me moría!

III

Una noche en que el sufrimiento de ella era muy intenso, y en que, abandonado, al parecer, de Dios y de los hombres, sollozaba yo al borde de la cama, mientras ella se retorcía de angustia, le dije, aprovechando la breve tregua de un desahogo: «Querida mía, óyeme: es preciso que quieras vivir. Haz una resolución poderosa. Di: “¡Quiero vivir, quiero vivir!”» (Je veux vivre!). Acaso me acordé de la frase de Lord Bacon de Verulam, citada por Edgar Poe: «El hombre no se entrega a los ángeles, ni tampoco a la muerte, sino por la debilidad de su propia voluntad.»

Mi pobre amada me respondió: «Oui, mon mignon, oui…» ¡Pero todo en vano! Dios le había hecho ya una señal a la muerte, ¡y el ser más querido de mi existencia, el cariño grande de más de diez años, se iba sumiendo, sumiendo sin remedio, en la eternidad!

A tal punto había siempre despertado en mí pánico la perspectiva de su muerte, que en estos dos decenios, yo, que a pesar de todo he seguido siendo espiritualista; yo, que, desprendido de fórmulas y de recetas religiosas, he amado a Dios y a Cristo en espíritu y en verdad, casi no tenía otra oración en el pensamiento que ésta, que se había convertido en una especie de jaculatoria: «¡Señor, haz que yo muera antes que ella!»

Y la había repetido con tal fervor que estaba seguro de haber sido escuchado. Así, mi desorientación, al acentuarse la gravedad, fue inmensa. Más de tres veces se leen en el Evangelio estas palabras de Jesús: «De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá.» Y cuando mi perpetua súplica salía de mi corazón, cuidaba de añadir: «Te lo pido, Señor, en nombre de Cristo, el cual nos dijo: “Todo cuanto pidiereis al Padre, etc.”»

En los últimos días, mi oración se iba tornando imperativa. ¡Creía tener derecho a ser escuchado! Se trataba de la promesa del ser más puro, más luminoso y más grande que había pisado la tierra. Se trataba de la dignidad divina. Dios no podía faltar a la palabra del espíritu que más le había amado y más se le había acercado a través de los siglos: «De cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre, en mi nombre, os será concedido.»

¡Y no fue así!

Nadie ha rezado con más fervor que yo, y acaso nadie, en diez años, ha recordado con tanta energía al Causa de las causas la promesa del Hijo del Hombre.

En la última noche de mi Anita, mi jaculatoria y la exigencia de la promesa que llevaba en sí, fueron de una exasperación ruda, violenta. Enfrenté salvajemente a lo Desconocido y le exigí que honrase el compromiso de Cristo.

Uno de los médicos de cabecera, llamado violentamente hacia las ocho, me había dicho: C’est fini, y luego: «Pero luchemos al día la muerte. Mantengámosla ocho o diez horas artificialmente viva, para ver si la naturaleza las aprovecha, intenta un nuevo esfuerzo, y la salva. Sólo —había agregado— no abrigue esperanzas… Están tan lejanas, tan lejanas…»

Acepté; ¡qué otra cosa podía hacer! Sabía, además, que las inyecciones no la harían sufrir, merced a su bendita inconsciencia de tres días.

¡Y se le inyectó aceite alcanforado, cafeína, no sé qué! Y se le dio café negro con esencia de canela y de clavo, y se la galvanizó de tal suerte, que, habiendo debido morir a las nueve de la noche, a juzgar por su postración, murió al día siguiente, a las doce y cuarto de la tarde. Y durante aquellas horas, en que a cada inyección seguía una momentánea resurrección, como las del horrible cuento de Poe, yo, atrozmente zarandeado entre la desesperación y la esperanza, clamé sin cesar de alma a alma, de la mía miserable y mezquina al alma eterna de Dios:

«¡Señor, te lo ruego en nombre de Cristo, que nos dijo: De cierto, de cierto, todo cuanto pidiereis al Padre, en mi nombre, os será concedido!»

IV

Tres o cuatro días antes de enfermar, mi amada tuvo un presentimiento, cosa rara en su carácter. «Esta tarde —me dijo—, al volver a casa, se me ha ocurrido de pronto señalarte una cosa. Si me muero, en el tercer cajón de mi cómoda, en una cajita circular, está la llave de mi secrétaire, en el cual están mis papeles. No sé por qué se me ha ocurrido esto, y he pensado: ¡Mira, y si se lo dijera a Amado!»

Yo sentí una oleada de hielo en el corazón… pero, no queriendo dar cuerpo a su idea, respondí: «Yo también te recuerdo que en tal mueble, en el cajón que tú sabes, está mi testamento.» Como de costumbre, al aludir yo a mi muerte, ella exclamó excitada: «Por Dios, no hablemos de esto.»

Y no se habló más en aquel día.

Pero, a pesar de la oleada de hielo de mis entrañas, creí que nada tenía que temer, que no podía morir después el hombre que había perpetuamente rezado por que se le concediese la muerte antes. Y las palabras mágicas, la promesa de Jesús, invadieron mi alma con su certeza consoladora:

«De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre, en mi nombre, os será concedido.»


¿La inutilidad de la oración? Sí, ¡la inutilidad de la oración! ¡Oh! Almas que creéis todavía, como aún cree mi alma: la oración es nula e indica una concepción pueril, ofensiva hasta, del eterno principio que nos rige.

¿Para qué? Aquella inteligencia infinitamente lúcida, previsora, lógica, para la cual no hay limitación de espacio y de tiempo, la cual empequeñecemos al darle un nombre siquiera; aquel ser sin medida, que ha ordenado, con fines conocidos por Él solamente, a todos los universos, ¿torcerá sus designios porque un pobre espíritu turbado de hijo, de esposo o de padre le pida que los tuerza?

El corazón nace con una potencialidad determinada de latir, y no dará una sístole más de los millones que constituyen su rendimiento vital, aunque le vertáis todas vuestras lágrimas y profiráis todas vuestras oraciones.

Lo que ha de suceder, sucederá, y bien está que suceda así. Los designios de Dios se revelan en los hechos inevitables, y todo lo inevitable es bueno. «Un hecho tan universal como la muerte debe ser un gran beneficio», decía Schiller. La única oración posible, por lo tanto, es la que nos enseñó Jesús desde la montaña, en una tarde misteriosa de hace siglos: «¡Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo!»

Sí, la petición es inútil; pero la oración no lo es. El alma humana ha de elevarse a una contemplación serena y constante de lo Arcano. La vida por excelencia es la del hombre cuyas actividades diarias se emplean en el bien y cuya mente superior, pico espiritual, está en perfecto contacto con lo invisible. Hay que orar, sí, para reunirse con lo Increado; pero es preciso no pedir favores de los que Jesús nos dijo que se nos darían como cosa añadida.

Es preciso orar, sí, porque, por remota que supongamos a la inteligencia creadora, es inteligencia, es alma de la misma esencia que la nuestra, y el impulso y el pensamiento de un alma llegarán siempre hasta otra alma. No hay distancia a través de la cual dos almas no puedan tender un puente. Tendámoslo por medio de la contemplación, entre nosotros y Dios; pero no pidamos jamás nada. Nuestro destino es tan inflexible como la mano que nos lleva a través del abismo.

V

Nuestro destino es inflexible, sí, y su inflexibilidad es la señal por excelencia de su divinidad. Un destino torcido, poligonal, que se retorciese a cada paso por nuestras oraciones, sería indigno de nuestra reverencia y merecedor de nuestro desprecio. Dios no puede tener piedad, porque esto implicaría una regresión en la voluntad increada, algo así como una rectificación, como un arrepentimiento.

Todo esto lo concibe mi lógica… y, sin embargo, noche a noche, con el alma llena de angustia agitada, de desconsuelo sin medida que me corroe los huesos, le pido a Dios que me restituya a mi Ana.

¿Bajo qué forma puede restituírmela? Más de dos mil años han pasado desde que Jesús le dijo a Lázaro: «Sal fuera», y exclamó de la hija de Jairo: «No ha muerto, duerme.»

Sólo hay dos formas de restitución: o ella viene a mí espiritualmente, o yo voy a ella por el camino grande, por el camino real de la muerte. En cuanto al primer modo, centenares de miles de hombres afirman conversar con los muertos, penetrar en el plano astral donde éstos viven, verlos y seguirlos en sus evoluciones.

Los muertos, según ellos, nos rodean. No están ausentes, sino invisibles, como dijo Hugo… Pero nosotros, a menos de haber desarrollado aquel sexto sentido de la visión subconsciente, de la evidencia, no podemos verlos… Quizá, como dice Maeterlinck, «ellos continúan viviendo alrededor de nosotros; pero no consiguen, a pesar de sus esfuerzos, hacerse reconocer ni darnos una idea de su presencia, porque no tenemos el órgano necesario para percibirlos…» Sólo los muertos pueden ver a los muertos…

Según William T. Stead, entre los muertos hay tanto escepticismo acerca de la posibilidad de comunicarse con los vivos, como entre los vivos acerca de la posibilidad de comunicarse con los muertos. Comprenden, unos y otros, que un mar de misterio se extiende entre ellos…

Sólo que los centenares de miles de hombres de que hablé antes afirman haber cruzado ese mar en una nave mágica que se llama clarividencia, visión astral, y con unos enigmáticos timoneles que se llaman médiums o adeptos. El propio Stead exclama: «He visto, y por lo tanto creo. He visto a mi hijo materializarse ante mis ojos…» Y el eminente Leadbeater, basándose en experimentos personales, nos asegura que la muerte no existe.

Ahora bien; a mí me ha sido negada hasta hoy toda clarividencia. Lo que centenares de miles de hombres afirman haber visto, no lo he visto yo jamás. Y, sin embargo, aunque soy pequeño entre los pequeños, aunque constituyo un tipo de evolución media, debe ser difícil encontrar en el mundo un hombre que haya llamado con más ferocidad a la puerta de acero del misterio, que se alza imponente en la montaña, en medio de la noche. El llamador resuena en la oscuridad, con sonidos terroríficos: ¡pero nadie me responde!

Todos los anhelos de mi vida han volado hacia lo arcano. Habré sido vicioso, mediocre, malo…; pero en mi espíritu ha habido siempre un aleteo, un latir ansioso hacia lo Desconocido. Siempre he creído en Dios, no en el Dios antropomorfo de las religiones, sino en la causa de las causas, incomprensible, y seguramente por esa fe, que si ha sufrido eclipses, porque no soy sino un hombre, han sido eclipses momentáneos, merecería yo quizá que ahora, que he perdido el único bien que tenía en la vida, se abriese la pupila interior que todos tenemos en germen ¡y mirase al fin el más allá, el borderland de los ingleses, el plano suprafísico donde vive mi muerta, mi muerta adorada, una vida más amplia que la mía, que acaso aletea en torno mío, con la angustia de que no perciba yo ni sus palabras de consuelo ni sus besos divinos, impalpables!

«Extraño espectáculo —dice “Julia” en sus Letters— Desde vuestro lado, almas llenas de angustia por los muertos; desde el nuestro, almas llenas de tristeza porque no consiguen comunicarse con aquellos a quienes aman… ¿Qué podríamos hacer para unir a esas gentes tristes, agobiadas por el dolor?»

En cierta ocasión ella me dijo: «Anoche he soñado que yo estaba muerta y tú llorabas inconsolable cerca de mi cadáver. Pero yo seguía viviendo, estaba a tu lado y te decía: “¡No llores! Aquí estoy. Mírame…” Sólo que tú no me mirabas y seguías llorando.»

¿Será ésta, Dios mío, la maravillosa realidad presente? ¿Fue cierto su sueño? ¿Está ella a mi lado y no la veo, porque mi pupila interior se niega inexorablemente a abrirse?

¡Muerta mía, muerta mía, ¿no tendré, pues, otro vehículo para comunicarme contigo, que mi propio cuerpo, que se agita convulso por mis sollozos?! ¡Ven, ve con mis ojos la soledad infinitamente páramo de mi vida! Prueba con mi boca lo salado de mis lágrimas. Haz bien con mis pobres manos que se crispan o tiemblan en la oscuridad. Camina con mis pies, en pos de todas las desdichas, para socorrerlas; conmúevete con mi corazón de todas las penas humanas; haz de mi vida una continuación de la tuya… Mi espíritu no te impedirá que infundas el tuyo en mi cerebro. ¿No eres acaso más yo que yo mismo? ¡Así realizaremos el sueño de dos almas en un solo cuerpo! Dice Swedenborg en su tratado de las Delicias de la Sabiduría Angélica acerca del Amor Conyugal: «Y he aquí que en aquel instante apareció un carro que descendía del cielo altísimo o tercero; en aquel carro se vio un ángel; pero al aproximarse, se vio que eran dos…»


Mas hablemos del segundo modo de que ella me sea restituida, que es el de ir a buscarla, por el camino real de la muerte.

Cuando yacía en su ataúd negro, rodeada de cirios, cubierta de flores, ostentando aquella prodigiosa sonrisa de serenidad con que sonríen algunos muertos, sentí, y he sentido desde entonces con gran vehemencia, el deseo de matarme, al cual llaman los portugueses con tanta exactitud “a vontade da morrer“…

Remy de Gourmont, en su libro deliciosamente escéptico, Una noche en el Luxemburgo, pone impíamente en boca de Cristo esta defensa del suicidio: «El suicidio es un monstruo que debemos acostumbrarnos a mirar con calma. Comparado con ciertos males físicos, con ciertos dolores, con ciertas desgracias, bien pronto se nos mostraría como un amigo muy feo, pero muy cordial. ¿No merece acaso los más dulces nombres? ¿No es el consolador? ¿No es la manumisión?»

Dentro de mí, alguien defendía también el acto aniquilador en términos semejantes; pero… ¡tuve miedo! Miedo de que, como afirman tantas lecturas, mi voluntaria destrucción me separase para siempre del objeto adorado, en cuya busca precisamente quería ir.

Varias veces acaricié la cacha de mi browning, verdadero juguete, hecho en Bélgica, que podría disparar automáticamente en mi sien seis balas blindadas, como seis llaves para abrir las puertas del au-delà… Pero tuve espanto, no la vulgar aprensión de la muerte, sino el horror de una ausencia más terrible aún, infligida como castigo, al lado de la cual este relámpago, esta ilusión, esta fantasmagoría de la vida, detrás de la cual me espera Ana, acaso, con sus brazos invisibles y amorosos abiertos de par en par, ¡nada significa!

«¡Infeliz! —exclamó la Spirite de Teófilo Gautier, estrechando a Guido, que iba a suicidarse, contra su corazón de fantasma—. ¡No hagas eso! ¡No te mates por unirte a mí! Tu muerte así provocada, nos separaría sin esperanza, y abriría entre nosotros abismos que millones de años no bastarían para cruzar! ¡Vuelve en ti! Soporta la vida, la cual, por larga que sea, no dura más que la caída de un grano de arena… Para soportar el tiempo, piensa en la eternidad, en la cual podremos amarnos para siempre.»

Y así, inveteradas ideas espiritualistas, que anclaron en mi alma desde la niñez, ahondadas por tantas lecturas, han impedido mi muerte; merced a ellas… ¡no puedo vivir ni morir!

VI

El tormento, sin embargo, de esta mutilación, de esta brutal cirugía de la muerte, no consiste para mí, precisamente, en la separación, en el dolor atroz que acarrea; consiste, sobre todo, en una idea irreductible, fatal, que me pesa en el corazón y me oprime el alma sin misericordia: la idea de que la vida, en cuyos brazos no somos más que miserables briznas de hierba, ha de recobrar necesariamente su poder y ha de traerme necesariamente el olvido. Esta idea me es tan intolerable, que me hace desear fervientemente, apasionadamente, la muerte. En las cartas de pésame, en las palabras consoladoras de los amigos, se encuentra a cada paso esta horrible idea, hija de la experiencia milenaria de los hombres: «Te resignarás. Olvidarás. Te calmarás. Es inevitable. Nadie escapa a aquel Leteo… ¡Nadie! ¡Nadie!» El dolor sigue las mismas leyes rítmicas que el movimiento, y como un péndulo cuya oscilación disminuye en amplitud, la excitación de la angustia se calma y se muda en una especie de apatía, según enseña la metafísica.

Y se me desangran las entrañas al oírlos y al leerlos, y experimento una angustia inefable, porque yo también sé que, sin remedio, me he de consolar; que ni aun yo, un alma mediocre, mesocrática, pequeñuela, puedo aspirar al privilegio de llorar, mientras viva, a mi muerta… ¡a no ser que viva poco! Más odiosa me es esta fatalidad del consuelo, que la fatalidad de la tortura, porque el dolor ennoblece (La douleur c’est la noblesse unique) y el consuelo, la alegría, son villanos. En los brazos invisibles de aquel gigante que parece sombrío y es luminoso: el dolor, me he sentido un poco dignificado. Desde que mi Ana cayó tronchada por la fiebre, he crecido. Mi estatura moral ha ganado algunos centímetros. ¿Y habré de empequeñecer de nuevo? ¿Habré de sonreír de nuevo y proferir frases sonoras en las triviales asambleas de los hombres? ¿Habrán de absorberme de nuevo los menesteres burocráticos? ¿Tendré que ponerme y quitarme la levita para inclinarme y repartir sonrisas en los salones mundanos? ¿Y el freno que he puesto a mi deseo, al irresistible impulso de la vida, habrá de romperse? ¿Y tendré que buscar a la hembra? —¡yo que tuve a mi lado a la mujer casi perfecta, llena de digna amabilidad y de graciosa altivez; a la mujer solícita, que me envolvía, me penetraba, me saturaba de su ternura!…

¡Oh, tengan piedad de mi situación los que por la amargura de estos pensamientos hayan pasado con su alma delicada! El hado nos dice: «Pobre criatura; ni siquiera se te concede la ocasión de sufrir perpetuamente; ¡ni siquiera eres capaz de llorar una vida entera! ¡Sufrir siempre requiere almas escogidas! La tuya no es de su temple. Quiero que vivas, aunque tú no lo quieras. Ese es asunto mío. ¡Qué me importan tus ideologías! ¿No eres carne? Pues bien, come, ríe, busca a la hembra placentera… y llora a veces, sí, pero por otras cosas. ¿Que esas cosas serán menos nobles que la que ahora te penetra y te domina? ¡Y qué me importa! No es humano detenerse en excelencias espirituales como las que tú sueñas… Has de descender, has de descender a las capas inferiores a que te arrastra tu densidad espiritual.

¡Ah, yo soñé que mi Ana me acompañaría a la vejez. Pensé que, en un futuro indefinido, uno de los dos (yo, probablemente) partiría primero, pero diciéndole al otro: «Mira, debo tomar el tren en esta estación, para el destino común, para la ciudad serena, a donde vamos… Tú seguirás un poco más, solo, hasta la estación próxima, y allí tomarás el tren a tu vez, y nos encontraremos en la ciudad pronto. ¡Allí te espero!»

Pero que se vaya así, en la flor de la juventud, y me deje a mí, a los cuarenta y un años, solo, en una estación, acaso muy lejos de donde debo emprender el viaje definitivo…

A menos… Sí; a menos que la misericordia de Dios brille por fin sobre mi cabeza, y el Hado le haga otra señal a la muerte…

¡Oh, amigo, que acaso leas estas divagantes, desconectadas y tristes páginas! ¡Ojalá que, al leerlas, sepas ya que mi deseo fue cumplido!

¡Ojalá que, lleno de generosa simpatía para mí, exclames: ¡La muerte no fue inexorable con él! Desde la estación en que quedó solo a aquella en que había de tomar el tren para la Ciudad Serena, la distancia era corta. ¡Pero él no lo sabía! Su amada sí, y por eso sonreía en el ataúd con aquella sonrisa que daba paz!

No quiso Dios que en mi vida, resultante de un Karma mediocre, hubiese grandes noblezas. Ni el poco bien que intenté, me ha sido dado realizar. Pero ¿quién me dice que, ante la humildad de mi ruego, la sombra no tendrá orejas? ¿Quién me dice que la suprema e inmerecida concesión que ansío, no alegrará mis huesos? ¿Quién me dice, en fin, que no partiré, joven aún, en busca de mi alma gemela, antes de que ella ascienda a planos en que el aire espiritual, enrarecido para mí, no me permita respirar?

Entre los versos de Serenidad hay unos que dicen:

No te apartes de mí lado,
muérete tú cuando yo muera.
¡Déjame que te lleve, pues te traje!
Fuiste noble
compañera de viaje.
Que rimen nuestros destinos
por todos los caminos
que hemos de pisar
en la inmensidad de lo arcano,
y vamos por la muerte de la mano,
como fuimos por la vida: ¡sin temor!

Estos versos le gustaban inmensamente. Repetía varias veces los últimos, y vibra aún en mis oídos el metal de su acento, cuando insistía en el final: ¡sin temor!

No soy sino la cuerda pulsada por manos desconocidas.

Yo no compongo mis versos: ¡los escribo solamente!

Yo soy la mano que traza los renglones. El espíritu sopla donde quiere. Ego sum vox clamantis in deserto.

Entonces… hay esperanza: ¡la de que he tenido razón!

¡Oh, Dios, en Quien creo y a Quien amo sobre todas las cosas: concédeme esa suprema ventura de morir ahora! En la otra ribera hay una mano amante, extendida, esperando la mía para el viaje divino. ¡No dilates la unión de las dos! Dale a mis versos el prestigio de una profecía hecha por los ángeles.

Y vamos por la muerte de la mano,
como fuimos por la vida: ¡sin temor!

Y si, como afirman los teólogos, la muerte no es sino un incidente periódico en una existencia sin fin, de la mano iremos por las vidas sucesivas: de la mano por las vidas y por las muertes.

VII

Pero si, lector, por el contrario, al leer estas notas sabes que yo existo, tenme piedad. En alguna metrópoli envejezco, prendido a los engranajes de la vida diaria; he formado lazos, acaso… tengo deberes, acaso tediosos; y entretanto, mi pobre desaparecida se hunde, se hunde en los abismos del infinito: sola navega por los negros océanos del devenir, se aleja, de cielo en cielo, hacia riberas tan remotas que nuestra mente se fatiga con sólo pensarlas.

Les morts font de longs voyages

Tenme piedad, porque Dios no me quiso oír, y no he merecido de Su misericordia aquella serena dignidad de la muerte. Caeré, pero después, profanado por las babas del mundo, abrumado por esfuerzos triviales de los que hora a hora reclama la lucha por la existencia.

Quizá —¡oh, suprema vergüenza!—, como el presidiario que acaba por amar su apestoso camastro de paja y la húmeda lobregidad de su celda, habré acabado por amar egoísticamente la vida, y tosiendo y claudicando, me agarraré, sin embargo, al horror y a la vulgaridad de mis días.

¡Oh! Bien merezco, cierto, este crepúsculo… ¡pero ahora no quiero preverlo! ¡Ilusión, nodriza de las almas, no me abandones! Déjame creer que soy amado por los dioses, y que en la plenitud de mi virilidad, rendiré mi espíritu y volaré libre junto al alma que me espera beyond the gates!

Cada noche, al sentir la blanda invasión del sueño, me digo: «Quizá no despierte.» Y me deleito en cruzar las manos sobre el pecho, en aquella actitud definitiva del descanso… ¡que tanto anhelo! Y en las mañanas el alba que se cuela, con su intolerable tinte azulado, por las hendijas, me produce una desesperación insondable. Ésta es la hora más terrible de las veinticuatro, que a diario me traspasan el corazón, como otras tantas puñaladas. La angustia de vivir se me sube a la garganta, y me produce una náusea invencible.

Afuera, el invierno, de excepcional crudeza, sacude los árboles, el viento ruge, la lluvia azota los cristales; nubes bajas, abombadas, de un plomo cobrizo, pasan atormentadas y trágicas.

Y yo, haciendo acopio de reservas de voluntad, realizo penosamente el previo esfuerzo de vivir, y con el gesto resignado del enfermo que se aviene a tomarse la poción nauseabunda, empiezo a tragarme el turbio contenido de la copa de la existencia.

Pero no blasfemo: acepto. Lo inevitable es la única certeza que tenemos de la voluntad de Dios.

«Todo y todos me adoran —dice el Eterno en un diálogo de Renan—, por la resignación que ponen en soportar la vida para fines conocidos por mí solamente.»

Y nada, ni aun la espantosa mutilación que he sufrido, puede arrancar de mí mi fe en Cristo. Me ha partido en dos el corazón, pero en la mitad sangrante y trémula que me queda, ¡hay aún suficiente amor para bendecir a Jesús!

VIII

Sobre el mármol de su cómoda, sigue el sombrero, tal como ella lo dejó el último día que salió, al volver a casa. Sus pieles y su blusa negra, colgadas de la percha donde sus manos las pusieron, con aquella meticulosidad que le era característica y que la hacía la ménagère por excelencia, tienen aún su aroma a mujer limpia, su aroma que yo aspiré durante más de diez años. Las demás prendas de su ajuar cuelgan lacias en el armario. Por todas partes me salen al encuentro sus huellas. La cama vacía se me aparece inmensa:

La mitad de la cama estará sola para mí,
y me faltará la mitad del alma.

Con frecuencia pongo una silla al borde del lecho, junto al sitio en que ella expiró, y en la penumbra de la alcoba evoco una vida entera: la noche de París en que la conocí, el 31 de agosto de 1901. Buscaba yo a una muchacha del Barrio Latino, con quien me permitía matar el tiempo, el cual, por entonces, a raíz de grandes contrariedades, no tenía para mí sino aburrimientos. La muchacha no llegó a la cita y, en cambio, la mano misteriosa que teje los destinos, nos puso a Ana y a mí frente a frente. Ella paseaba con una hermana y, según supe después, había salido aquella noche impulsada por un aburrimiento tan grande como el mío. Tenía también dolores, y su hermana, solícita, angustiada al verla llorar en el rincón de su cuarto, la instaba a salir: «Si tu restes —le decía—, tu deviendras folle.» Se dejó persuadir… Lo arcano iba a arrojarla en mis brazos.

Un minuto más, un minuto menos, y no nos habríamos encontrado. Pero estaba escrito.

Nuestra simpatía fue inmediata; mas, a pesar de ella, la pequeña alma ingenua y miedosa resistía a entregarse. La vida había sido dura con ella y tenía miedo.

«Yo no soy mujer para un día —dijo enérgicamente, pero sonriendo.»

«¿Para cuánto, entonces?» —pregunté, mitad en broma, mitad ansioso.

«Para toda la vida.»

«¡Bien!»

Y cuando al fin (después de deliciosos días en que la persistencia del amor, sin llegar a la posesión, la prometía ya serenamente) se entregó sin reservas al hombre a quien empezaba a conocer y a estimar, repetimos: «¡Para toda la vida!» Y para toda la vida fue… desde aquella noche bendita del estío de 1901, hasta esta pálida mañana del invierno de 1912 en que su hipo moribundo resonó como un sonido espantoso en mi corazón.

Más de diez años de un amor confiado, lleno de abandono. Más de diez años de esa cosa deliciosa y divina que se llama cariño, y que resume todas las cordialidades, todas las intimidades, todas las certezas de la vida.

París, Londres, Nueva York, México, Bruselas, Roma, Venecia, Florencia… Medio mundo nos vio juntos. ¡A qué lugar iré ahora en que no encuentre su fantasma! ¡En qué sitio no veré su huella bendita! ¡Qué paisaje no me la reconstruirá!

Adonde quiera que mi destino sombrío me empuje, he de abrir los brazos para estrechar contra mi corazón su espectro adorado, y no abrazaré sino mi angustia… mi angustia y la trenza de sus cabellos castaños, impregnada del sudor de su agonía, que es lo único material que me queda de la compañera única de mi vida, la que me amó pobre y triste, enfermo y olvidado; la que me ofreció siempre generosamente la cordialidad de sus brazos, la certeza de su apoyo, la lucidez de su instinto; a quien debo la orientación de mi existencia y el no haber caído definitivamente tantas veces en los escollos del camino.

¡Ah, Señor!, cómo no creer en Ti, cuando vemos disolverse todo esto en la negrura incomprensible de la muerte. Un instinto invencible nos obliga a asir con mano crispada la promesa de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá.» Es imposible que nos engañe este instinto. La Naturaleza no ha atormentado nuestra alma con sed de inmortalidad, para convertirnos después en inexplicables Tántalos en un infinito hipotético (natura nihil facit frustra). Este amor, esta avidez de lo absoluto, tan contraria a las exigencias materiales; esta atracción invencible que lo arcano ejerce sobre nuestros espíritus; este afán sin medida de persistir, son indicio seguro de la eternidad.

Creo en Ti, Señor; creo que los vivos y los muertos están, en un mismo sentido, en Tus brazos. En Ti vivimos, y nos movemos, y somos. La muerte, como tantas veces lo repetí a mi amada, no es sino una ilusión. ¡La muerte no existe! ¡Lo proclamo con energía, a pesar de mi aparente soledad, a pesar de mi inefable angustia! Mi pobre alma está encerrada en esta fortaleza del cuerpo. Es una princesa triste, recluida en una torre impenetrable, con cinco ventanitas miserables (los cinco sentidos) para adivinar el inmenso mundo de afuera. A veces le parece oír algo como el rumor de un mar que, con rumores de rasgada seda, late contra los pies de su fortaleza… A veces cree haber visto pasar seres alados que baten majestuosamente su plumaje de nieve; a veces oye murmullos armoniosos de palabras, fragmentos de música… Se alargará ansiosa sobre las puntas de los pies por ver los horizontes que adivina… ¡Pero las cinco ventanitas están muy altas, muy estrechas!

Mi alma, la prisionera infinita, sabe que hay más cosas en el cielo y en la tierra que las que sueña vuestra filosofía; sabe que los amados muertos, que, al desplomarse su castillo de carne, adquirieron el privilegio del vuelo, luchan por acercarse a ella, la solicitan, la esperan; pero sabe también que el castillo es hoy por hoy inexpugnable, que la armadura de carne es invencible…, que sólo a veces, cuando duerme, esa muerte periódica del sueño abre las puertas de la prisión; pero que al despertar se encuentra de nuevo cautiva y no puede recordar sino con una enigmática vaguedad sus conversaciones con las otras almas…

Todo esto lo sabe, sí, y se resigna a la ley de Dios, el cual un día desmoronará piadosamente la dolorosa arquitectura de sus huesos. Su indestructible convicción le dice que amores como el amor que a ella le fue dado, son más poderosos que la muerte, y llena de unción exclama:

«¡Oh, muerte, ¿dónde está tu aguijón?! ¡Oh, sepulcro, ¿dónde está tu victoria?!»

Más aún: un razonamiento piadoso le arguye para consolarla: «Cuando vivías con ella, cada instante te separaba, porque te acercaba al día temido de su muerte; ahora que se ha ido, cada instante que pasa, te acerca, porque es un instante menos de vida y por lo tanto de ausencia, porque abrevia el tiempo después del cual tu alma, que se exhalará de tus labios sin color, y su alma, que te espera en la ribera, se fundirán salvajemente en un beso divino de amor!»


Así, lector, tú que esperabas hallar, acaso, en este libro, como en el anterior, la atmósfera del célebre cuadro de Henri Martin, llamado Sérénité, aquella atmósfera llena de crepuscular fulgor, de augusta tranquilidad, y aquella asamblea de los seres más nobles, en un bosque saturado de paz, no te encuentras sino con un sollozo nuevo del afligido poeta de las Místicas y de los Jardines interiores.

Pintura 'Sérénité' (1899) de Henri Martin en el Musée d'Orsay, que simboliza la paz que Amado Nervo buscó pero encontró reemplazada por la resignación en La Amada Inmóvil.Pintura 'Sérénité' (1899) de Henri Martin en el Musée d'Orsay, que simboliza la paz que Amado Nervo buscó pero encontró reemplazada por la resignación en La Amada Inmóvil.Musée d’Orsay. Serenité, 1899

¡Serenidad! ¿La merecí acaso? Es el privilegio de espíritus incomparablemente superiores al mío. Mi serenidad, en este libro, se llama Resignación.

Perdóname, tú que me lees. Pude haber suprimido la intimidad de tan sombrío prefacio; pero sentí que estas páginas se las debía a mi Muerta. Aquí, donde las escribo, apenas hace dos meses, le leía yo aún mis versos…

Sólo me resta decir a mi Ana lo que pensé al besarle la frente (tan fría que se le helaba el pelo) en el momento supremo en que iban a cerrarle el ataúd:

Gracias, mi idolatra, desde lo hondo de mi alma, por los diez años de amor que me diste. ¡Dios te bendiga!

Y tú, lector, si crees en las promesas de Jesús y has llegado a estas líneas, reza por Ana Cecilia Luisa Dailliez, por la cual escribo con amor este libro. ¡Reza por ella y Dios te bendiga a ti también!

Amado Nervo
Febrero de 1912, Madrid

Referencias:

Nervo, Amado. La amada inmóvil. Versos a una muerta. Editado por Rocío Oviedo Pérez de Tudela. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. (Fuente original). (Otros autores citados mencionados en el texto incluyen Virgilio, Maeterlinck, Lacordaire, Meleagro, Saadi, León Denis, Paul Verlaine, G. Leroux, Lao-Tsé, Hebbel, Malherbe, W. James, W. T. Stead, Leadbeater, “Julia” (Letters), Swedenborg, Remy de Gourmont, Théophile Gautier, Renan, Henri Martin).